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Número 55

La Chona

Supo que algo raro le estaba pasando cuando sintió otra vez ese cosquilleo en los pezones.

Cierto es que las tetas le habían crecido bastante este último año, y eso había molestado un poco, pero esto era diferente.

Con la regla en cambio no había registrado nada especial, apenas un sobresalto esperado al ver la sangre en la bombacha.

En ese momento informó protocolarmente a su madre apenas mostrándosela, a lo que sin mediar palabras ella le respondió entregándole un alto de toallas higiénicas. De ahí en más, todo parecía estar dentro de lo usual y previsto, por lo menos según la información que recibía diariamente de la Chona, la empleada.

La Chona apenas le llevaba un par de años, pero conocía todos los secretos de la vida, especialmente conocía de varones y mujeres.

Le había enseñado a masturbarse hacía algún tiempo, y también a tener relaciones con el vecino.

Cualquier duda que ella tuviera sabía a quién preguntar.

En cambio en la escuela había que callarlo todo.

Las monjas no dejaban hablar de chicos, y sólo alguna vez en el confesionario se había animado a susurrarle al cura algo de malos pensamientos.

La penitencia fueron cinco rosarios y le costó tanto cumplirla que juró no volver a confesar nada de aquello. Con la Chona podía hablar libremente.

Le contó al detalle sus primeras citas con Manuel, cada caricia y cada cachetada.

Porque Manuel le pegaba.

No mucho, decía la Chona, pero una vez un cabezazo casi la desmaya.

Era muy celoso y de tanto en tanto la seguía a distancia por el barrio.

Le gustaba acostarse con él.

Lo hacían siempre a escondidas, siempre apurados, pero igual le gustaba. Le contó a la Chona lo de las tetas.

No hizo buena cara.

Le preguntó por la regla: un poco atrasada.

Le preguntó si tenía ganas de vomitar, y si le dolía la cabeza o la panza.

Podes estar embarazada, le dijo.

¿Me hiciste caso en cómo cuidarte? Sí, le había hecho caso. Sacaron cuentas lo mismo.

Si no te viene dentro de dos semanas, vamos a lo de doña Porota.

Si tenés algo, te lo saca.

Te va a doler un poco, pero nadie se va a enterar. Hubo que conseguir cuatrocientos pesos.

Por suerte había espiado lo suficiente a su madre y conocía cómo desvalijar lentamente la billetera de papá.

Mamá se transformaba en esos momentos: miraba de derecha a izquierda rápidamente, y dejaba lo que estaba haciendo para saltar como un gamo a su presa: la billetera olvidada por unos instantes.

A veces se preguntaba qué otra cosa le hacía brillar a su madre los ojos de esa manera, pero no había encontrado ninguna respuesta. Faltó a la clase de gimnasia y llegaron a lo de Porota como a las tres.

En media hora ya le había puesto el remedio, un yuyo al fondo de la vagina.

Es un abridor de útero, explicó la mujer.

Te lo dejás unos días y te limpia todo.

Si te duele, mejor.

Es que está haciendo efecto.

Y se vienen a verme pasado mañana, para control. Esa misma noche empezó a dolerle.

Al otro día, a sangrar.

A la noche, le parecía haber tenido tres menstruaciones amontonadas.

Antes de dormirse, agotada, alcanzó a oír los gritos del padre y la indignada defensa de su madre: había advertido que le faltaban los cuatrocientos pesos.

Al día siguiente, se sentó en la cama a llorar: una mancha enorme de sangre traspasaba el colchón y goteaba en el piso.

La cabeza le daba vueltas.

Cuando la subieron a la ambulancia escuchó claramente cómo su madre le ordenaba secamente a la Chona que limpiara bien la sangre.

Liliana Amuchástegui