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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 55

Album familiar

Foto 1 La máquina la conseguí de un pibe del barrio.

Negra, usada, con algunas marcas poco perceptibles.

Me gusta mirar.

A las marcas las encontré durante una siesta sentada en la vereda de casa mientras jugaba con los dedos del pie entre canaleta y canaleta.

Hacia mucho calor, mucho.

Ya te lo dije, me la vendió barata (solo por un par de besos).

La primer foto que saqué me llevó dos meses prepararla, no por un sentido estético sino porque no tenía un mango para comprar el rollo.

A la vieja no se le podía pedir plata.

Ya la escucho ¿y esto?, ¿de dónde la sacaste?, ¿quién te la dio? Entonces le saqué una foto.

De costado para que no me notara.

La seguí con sutileza hasta el patio mientras llevaba un fuentón cargado con ropa.

Traté que su cuerpo no ocupara todo el espacio pero el pelo negro ondulado, el modo de pararse un poco inclinado, las tetas grandes que caen y la ropa mojada que colgaba en la soga se me metían en el ojo.

Cuando podía refregarme un poco esa molestia, ella me recordaba entre diente y diente que lo de la maternidad le resultó un fracaso, que perdió el laburo en casas de familia por tener que cuidarme y que solo le traía problemas.

Foto 2 La barra del barrio era un caldo de cultivo.

Como a los ocho años, más o menos, el Carlitos me dijo que no quería jugar conmigo.

Qué lo dejara de molestar.

Se puso malo, me decía que parecía una vaca torpe.

Cuando me acercaba a él, me empujaba.

Me llevaba cinco años y cincuenta centímetros.

Una vez me empujó fuerte y caí de culo en la vereda.

Me largué a llorar.

La foto se la saqué en busca de revancha esa tarde mientras jugaba solo a la pelota en la pared de la casa de Tita.

De espalda parecía más grande y lindo, las rodillas le temblaban cuando giraban para acompañar las piernas.

Tenía pelos en todo el cuerpo y una marca de sudor al borde de la nuca.

Cuando me miró hizo el amague de quitarme la máquina pero no pudo soportar mi sonrisa.

El lloró y me dijo que yo le gustaba. Revelado ¿Viste qué bonita es la forma de la ciudad cuando la mirás desde esta esquina? ¿La manera de trasformarse cada vez, a cada toque de luz? ¿Por qué viajo a Roma ahora cuando me decís que todo comienza? Mirá a lo lejos las Sierras de Córdoba que se cortan por algunos edificios empotrados, la cúpula de la iglesia, las casas precarias que se van acercando a mi barrio.

Cuando paso por esta esquina y siento las vibraciones de los autos al bajar por la pendiente, estoy segura que no te gustaría pisar este suelo que tiembla.

Laura Gibilaro