ODRADEK.COM.AR

DOMICILIO DESCONOCIDO

Buscar: Ingreso de usuarios registrados en RespodoTodo
 

Número 55

Mi parte más tarada

El sobresalto de un mal sueño la despertó de madrugada, dejándola en un duermevela hasta que sonó el despertador.

Una frase, resto de ese estado onírico, rebotaba enloquecida en su cabeza.

Siete horas más tarde, se sentó en un bar y escribió: MI PARTE MAS TARADA.

Quedó con la mirada fija en esos caracteres, como si contemplara un órgano que había arrancado de lo más íntimo de su cuerpo.

Lejos de espantarse, esa exterioridad le causó cierto alivio.

Leyó y miró.

La frase le hacía creer que su taradez tenía límites.

Seguramente le resultó alentador saberse no-toda tarada.

Volvió a leer y arribó a otra conclusión.

El fragmento destacado de su idiotez, era un recorte definido del conjunto de su taradez ordinaria.

La taradez corriente contenía un núcleo concentrado.

Una elite tarada bien limitada. Justo cuando empezaba a pensar en lo equívoca que le resultaba la palabra “limitada”, llego el camarero.

Pidió lo de costumbre y volvió a sus cavilaciones. ¿Cuál sería el contenido de lo radicalmente tarado? Claramente algo le impedía el acceso a esa información.

¿Y si sus fragmentos no-tarados eran una minoría inoperante? Leyó una vez más y se agitó.

¿Y si en vez de ser una parte interna fuera su parte más expuesta? Algo así como un cartel humillante que se porta en la espalda sin saberlo.

Una marca que se carga en la más solitaria de las ignorancias, pero a la vista de todos.

“Maldita ironía” se dijo.

Quien quiere ver está impedido y quienes pueden mirar no quieren hacerlo.

Una vez que se vio es imposible retirar la mirada o apartar los pensamientos de allí.

La incómoda fascinación que experimenta el espectador, es la misma que se siente al descubrir en un interlocutor el cierre bajo de su pantalón.

Agazapada tras su portátil miró con desconfianza a cada uno de los que ocupaban ese lugar. “¿Y si ellos supieran?” Su creciente agitación la turbó.

Dejó algo de dinero sobre la mesa, chequeó el cierre de su jean y salió corriendo asfixiada por su propia estupidez.

María Fernanda Mailliat