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Número 55

El final

La enagua almidonada con el ruedo filoso como una caña le cortaba la piel tensa por el frío, a mitad de la pierna; y ella cerraba los ojos, la cabeza alta, el cabello trenzado y el temblor en el cuerpo.

La música, adelante el público en busca del espectáculo que no encontraba, y ella con las castañuelas y los recuerdos, con los pases rítmicos, mohines estériles que le colgaban del cuerpo, movimientos de baile que más parecían de socorro.

El sur frío y los hombres del petróleo, los gendarmes, los comerciantes que bostezan con crueldad frente a sus más finos alardes de gracia castellana.

Una cierta cantidad de mujeres sentadas frente a ella que de pie se balancea, taconea, gira sin saber cómo estaría de bien o mal escapar por la puerta del costado y no volver más.

Un final con aplausos que son como escupir alcohol en las grietas de las piernas.

Las luces, por la noche, de una avenida única y el vapor, la niebla, que emana de cada lámpara; la compañía entera va a pie por el medio de la calle hacia el Hotel Alegría.

Gira ruinosa; algunos llantos entre las mujeres, vino de más entre los hombres; la compañía se venía abajo como una pared vieja, por el viento de aquel sur.

Por la mañana los artistas en caminata, entre las ovejas, por el terroso camino de las afueras.

Ven por allá lejos, chicos y comerciantes que miran. Regresó con los bolsillos vacíos.

Guerra, en otro tiempo, en su España, un largo viaje, el mar, algunas ciudades: Río, por ejemplo, Marruecos.

Los hombres uniformados, una mujer destrozada por una bomba: el sur argentino, la compañía derrotada regresa a Buenos Aires.

El hombre que tiene el oso está en Rosario.

Mandan llamar a un forzudo de Europa y el oso lo derrota.

Discursos de anarquistas atados a los árboles: ella, por el mar.

Una inmensidad de sueño por la noche, embobada con las estrellas.

Recuerdos de adolescencia, cierta incierta nostalgia. Una ciudad en España llamada Tacita de Plata por la limpieza de sus calles, y otra ciudad de tal honor en sus mujeres que los hombres enloquecen víctimas de sus vicios solitarios.

Madre internada en España, madre loca vuelta a internar en Buenos Aires: Dios nos salve María –ella es muy religiosa-.

Llora algunas noches, nunca demasiado. Es después, cuando la compañía se hunde, que ella sale con el portero que le dice que a pesar de ser portero tiene muchas amistades y que puede hacerla grabar un disco en menos que canta un gallo.

¿Grabar un disco? Todo tiene su precio y ella se enamora casi en el mismo instante en que entran a la grabadora; luego lo hace por amor.

Un hombre sensible y hasta romántico, según ella. Resultó ser poeta al fin, y ella grabó una canción de él, la que más quería y que hablaba de una mujer española que encontraba el amor en la Argentina.

Ya está, se dijo, y esperó la fama.

Una canción, media hora de actuación, los clubes, y un salón del centro.

Algunos hasta la reconocían por la calle.

El portero pasó a ser su empresario, y se fueron a vivir a un hotel con bandejas de plata y mucamas del interior.

Ella era refinada y le gustaban las joyas: tenía sus pieles envueltas en fundas de nylon y por la noche jugaban a vestirse uno mejor que el otro, antes de salir a comer.

Esas historias que escribía en largas cartas que llegaban hasta la España lejana donde había tías hermanas de la loca, su madre, Dios la tenga a la pobre lo más tranquila posible.

El destino que Dios nos dio para que aprendamos a valorar, menos mal que mi hombre es serio y cariñoso como pocos.

Escribir a borbotones en líneas apretadas lo que vivía en la sepultura del tedio y la necesidad: descontando las esperanzas enterradas en los guardarropas envejecidos.

Germán García