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Número 54

Letras transportables

“¿Qué fantasías tiene con respecto a (cierta cosa)?”, le había dicho su psicóloga en distintas ocasiones en las que ella había manifestado algún deseo medio extraño que sin querer se imponía con cierta testarudez.

“Es que si tuviera (tal cosa) entonces podría (tal otra)”, respondía tercamente.

Ya sabía de memoria que las cosas solían defraudarla rápido pero igual, si yo tuviera, si yo tuviera, ay qué bueno que estaría. Y entonces fue y se compró una laptop.

Había fantaseado, claro que había fantaseado.

Se había imaginado escribiendo en el medio de un parque, tirada en el piso, acostada en la cama, arriba de un colectivo, con las piernas cruzadas, boca abajo, colgando de un caño, debajo de la mesa incluso, y se imaginó también cómo eso iba a modificar su escritura que ahora sería más fluida, más libre, más fresca, gracias a que el espíritu de los nuevos lugares y posiciones infundiría vaya a saber qué en los textos.

Cuando la abrió por primera vez, la investigó; se dijo que primero lo primero, así que permaneció sentada en una silla, con la espalda recta, como si estuviera comiendo pero mucho más rígida, como si estuviera… como si estuviera escribiendo.

Cuando la abrió por quincuagésima vez empezó a probar con otros lugares de la casa: el sillón, el colchón, el balcón, el baño.

Pronto supo que sentada en una silla, la máquina apoyada sobre la mesa, era la posición más cómoda, la que toleraba sin esfuerzo por más tiempo.

Fue a los bares con la laptop a cuestas y se dio cuenta de que, además de llegar cansada -porque llevar una laptop es como andar con una bolsa del súper con una botella de dos litros llena adentro-, no se le ocurría nada especial.

Tampoco el verde la inspiraba más que la pared de su cuarto porque, de hecho, si quería escribir tenía que mirar la pantalla, y la pantalla es igual aquí y allá.

Probó escribiendo cien caracteres, parando, mirando los árboles (la gente del bar/los que pasaban caminando por la calle/los que viajaban en el subte) y vuelta otra vez a escribir, pero nada.

Lo mismo de siempre. Es como esos que se van a otro país -pensó ella- porque en este tienen muchos problemas y después se avivan de que anduvieron cargando la laptop con sus miles, millones, de documentos de Word en blanco de acá para allá… pero ni las cataratas del Niágara ni la Gran Vía le solucionan el inconveniente de tener que llenar la cuestión de palabras. Y bueno, dijo al fin y al cabo, igual este fondo de escritorio loquísimo que vino predeterminado, estas teclas que son una seda, estas letras tan transportables, están buenísimos.

Tiqui, tiqui, tiqui, y se puso a escribir cierta cosa.

Yanina Bouche