ODRADEK.COM.AR

DOMICILIO DESCONOCIDO

Buscar: Ingreso de usuarios registrados en RespodoTodo
 

Número 54

La falda almidonada

Me habían puesto una falda clara de tablas almidonadas que cada vez que saltaba hacían el juego de los abanicos cerrándose sobre la propia intención de abrirse.

Los abanicos cuando se abren parece que van a escribir la palabra siempre en el aire, pero la esconden inmediatamente cuando se cierran.

Las tablas de mi falda ni bien se extendían, se iban juntando y se cerraban, sonaban como las cartas al mezclarse.

No tanto como un pájaro carpintero golpeando con su pico la corteza de un árbol de avellana, pero también como un pájaro carpintero que quisiera encontrar su gusano cuanto antes.

Me elevaba y caía sobre mis piernas de resorte para volver a oír la cascada del abanico, el ligero taladro del pájaro combinado con ese olor riquísimo que después supe no era nada bueno.

Yo prefería saltar, aunque inventaba que remontaba vuelo, que el viento me prefería. También me habían puesto una blusa blanca con puntillas cosidas por unas monjas muertas, cuando estaban vivas.

Pero alguien había dicho que murieron cosiendo, de una tos que no paraba de silbar, y yo siempre las imaginaba ahogándose sobre mi blusa terminada, con una palidez que ya venían pagando a cambio de quedarse a terminar trabajos atrasados.

De esa época recuerdo los caminos cruzados por las culebras de la siesta que amenazaban con mordernos a la noche, acabar con toda la familia, si no nos encargábamos de llevarles moscas para su comida.

Se decía que casi no tenían boca, pero muchas veces se abrían de una punta a la otra y mostraban sus dientes puntudos y verdes, cargados de veneno.

Por esos años la gente miraba más.

Reunían las cabezas allá en lo alto para hablar de lo que veían.

De los sapos aplastados, de las porciones chatas de tierra cocida por el sol, de la orilla del puente roto, del equilibrio imponente que hacían las montañas para sostener nuestras casas y no caer al mar, no caer ellas mismas, las montañas al agua, de la cola brillante de un auto negro tapado por el paredón del frente, que partió sin que nos diéramos cuenta.

Nora Martinez