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Número 54

Crónica de derrota

El 12 de agosto de 1806, las últimas explosiones me encontraron desvanecido.

Unas figuras sanguinarias me habían cercenado los brazos.

Abandonado por mis tropas, las del General Beresford, una monja católica me socorrió.

Dicen que arrodillada en el empedrado y con la ayuda de otra religiosa cohibió el sangrado de los muñones.

El resto del cuerpo ardía en carne viva.

Mujeres oscuras, feroces como leones apostados en los techos, nos habían bañado en aceite hirviendo.

Lenta fue la recuperación de las llagas, en especial de las dos oquedades que ocupaban los hombros.

La hermana Atanasia guió la huida del pequeño grupo hasta la Banda Oriental.

Yo estaba en las peores condiciones y sólo recuerdo el sol y que era arrastrado, sobre una parrilla de palos, cruzando arboledas y varios riachos.

El asentamiento tuvo lugar hacia el norte de la población conocida como Trinidad.

Los más saludables levantaron la capilla y restauraron unas casuchas abandonadas en la campiña.

Mi cuerpo fue otro.

Afirmadas las cicatrices, la hermana Atanasia se encargó de instruirme en la lengua castellana, cuya alma tenía yo de mi madre.

Al tomar práctica, hice el ejercicio de dictarle mis memorias.

Ella se ponía a copiar y corregir después de haber trabajado durante todo un día en tareas diversas, desde el amasado del adobe junto a los hermanos albañiles hasta la administración de los Santos Sacramentos.

El Señor la había ungido como nuestra pastora y defensora.

La proveyó de sabiduría inacabable.

Pero cuando la persecución, nos vimos obligados a refugiarnos en el norte.

De vuelta cargaron conmigo, esta vez en un cesto especial que se ataba al lomo del caballo.

Igualmente, una avanzada al mando de un sargento Tropas nos alcanzó.

También Atanasia luchó para repeler la emboscada nocturna y fue muerta en el arroyo Chuy.

Debido a mi inutilidad, fui el único sobreviviente y tuve que ver a los hermanos pasar ante mí muertos, más de uno vejado.

Nunca olvidaré el brazo desnudo de la hermana Atanasia, fuerte y rústico, pero como de alabastro, tal como ella nos había descripto el brazo de la Sibila de Cumas en la bóveda de la Capilla Sixtina.

El dolor horrible de contemplar los cadáveres se tornó en luminoso día en medio de aquella noche, por la certidumbre de que ellos estaban abriendo entonces los ojos ante el Señor.

Fui preso a la Colonia del Sacramento y poco después embarcado a Southampton para que nadie pudiera dar testimonio de tantos hechos que ahora comienzo a escribir con la pluma calzada entre los dientes

Walter Giacomelli