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Número 54

La política de los espías

Suele imaginarse que el relato de espías es una forma del relato policial.

La confusión parece asentada en el hecho de que la investigación es un motivo recurrente en ambos géneros.

Sin embargo, el fin de la investigación no podría ser más disímil.

En efecto, la novela policial busca reparar una herida infligida al tejido social por particulares y la investigación encuentra su sentido en esa reparación.

Así, la solución al enigma del crimen en la novela policial resuelve el relato. El espía, en cambio, es un personaje que fatalmente se mueve por encima (o por debajo) de la ley y sus maquinaciones (y las de sus enemigos) toman sólo aparentemente la forma de un crimen en el sentido que lo entiende la novela policial.

Por decirlo de otro modo: mientras que el crimen es el objeto de la novela policial, en la novela de espionaje es sólo un síntoma de un combate entre facciones propiamente políticas (como otros estados).

Así, la investigación es sólo el comienzo de una lucha que tiende a resolverse en un espacio ajeno a la dinámica del crimen (y por eso la estafa, la extorsión y el asesinato son herramientas que el género usan sin culpa para resolver la trama).

En este sentido, la lógica última de la novela de espionaje es el desvelamiento de los mecanismos por los cuales los estados racionalizan el monopolio de la violencia que los constituye, y que suele tomar la forma del derecho.

La historia de espías muestra cómo el poder del estado preexiste a la ley y no se confunde (como se confunde en el policial) con ella. En el fondo se trata de una versión desencantada del universo de la política.

Ese desencanto toma la forma un relato siempre al borde de la disolución.

Disolución estructural (que puede registrarse en la articulación incómoda entre relato policial y novela de aventuras), disolución del universo temático (en la heterogeneidad de sus referencias: entre espacios sociales, geográficos, culturales), disolución de los rasgos caracteriológicos (todo personaje puede ser un traidor y la traición siempre cuesta la vida en el relato de espías).

En esta variedad virtualmente infinita de escenarios, personajes y estructuras el protagonista es el eje que ordena la trama porque es el único componente homogénero (en sus principios, en su capacidad) en todo el tejido narrativo. Y sin embargo, algunas películas recientes sobre el mundo del espionaje sorprenden por la absoluta incapacidad de sus protagonistas para ordenar los hechos y, en el límite, la propia identidad.

Si en la trilogía de Bourne, el pobre Jason no sabe quién es, en El escritor oculto nuestro héroe, sin ser un traidor, sirve a los fines del enemigo y en Encuentro explosivo directamente el foco del espía se torna reversible con respecto al foco de la muchacha en peligro a la que el personaje de Tom Cruise pretende ayudar.

En ese horizonte, las tramas de estos relatos tienden a la proliferación y la autorreferencia, como prueba el final de El escritor oculto, en el que la muerte del héroe no sólo sucede fuera de campo sino que sucede en el espacio asignado al espectador. Esos cambios en la estructura y los temas del relato de espías sugieren que el orden político que garantizaba la ética del héroe se ha tornado opaco.

Y que en consecuencia la historia de espías ha mutado de especulación sobre política en especulación sobre las posibilidades de su representación.

Ezequiel De Rosso