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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 6

El gimnasio

La mujer de al lado habla con visitas imaginarias.

Parientes, amigos, vecinos, incluso algún alumno de cuando daba clases de dibujo en su casa, de la que nunca se marchó.

El otro día entabló el diálogo que sigue, muy animada, y después no la vi por un buen rato: “Mire lo que pusieron ahí.

Un gimnasio.

¿Ve? Toda la esquina de vidrio.

Si se asoma va a ver que está lleno de aparatos.

Todo hierro, todo oscuro.

Las paredes frías, azules.

La música también fría, sin sentido.

A un volumen como para animar una fiesta de doscientas personas.

Pero casi no hay nadie… Aquí la gente no es de ir al gimnasio. A veces los cambios vienen porque sí y de un día para otro una se encuentra parada ante un negocio como éste y para qué.

Qué se gana, no sé.

¡Claro que me acuerdo qué había antes ahí…! Perfectamente.

Antes, ahí mismo, en esta misma esquina, estaba la heladería La Sarita.

No recuerdo bien cómo era de afuera.

A veces quiero dibujarla y no me acuerdo.

Salíamos a jugar a la vereda y en una zambullida ¡shum! ya estábamos colgados del mostrador pidiendo helado de frutilla.

Los tres: mi hermano, yo y la sobrina del dueño.

¡Hemos comido kilos de helado de frutilla! El mostrador sí lo recuerdo bien.

Perfectamente.

Altísimo.

Podría dibujarlo ya mismo. Tablones de madera de dos metros ochenta de alto por unos cuarenta centímetros de ancho, tan alto era que apenas nos dejaba ver la frente canosa y los ojos casi transparentes del tío de Sara.

Una larga hilera de tablas creciendo desde el piso.

Un verdadero cañaveral, gigante, bordeando la esquina de punta a punta.

Una barrera hermética y lustrosa. ¿Cómo lo pintaría? A ver… ¿Un ocre? Usted qué dice.

No sabe.

Tierra sombra tostada podría ser, amarillo...

Magenta con reflejos de carmín y blanco para los helados de frutilla que se asoman allí arriba, en la gran cima, hacia las manos de los tres.

Mírenos.

Tres pares de manos incrustadas dulcemente en esa cornisa abrillantada.

Pendientes, esperanzados.

Bamboleándonos, al principio suavemente.

Hamacándonos con los pies en el aire, hacia un lado y hacia el otro.

Y ahí vamos: cada vez más alto, hacia un lado y hacia el otro sin parar, más fuerte, más fuerte, más alto, mareados, hasta tocar con los zapatos el borde superior del mostrador, los cuerpos bien derechos y danzantes, como péndulos, o como agujas locas de reloj que sólo van de 9 a 3.

Y después salir volando hacia la plaza, ondulados por la brisa, a sujetarnos de las ramas de los tilos, del ombú.

Y de nuevo la danza del reloj.

Pero prendidos con una sola mano.

En la otra, los helados de magenta.”

Nora Martinez