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Número 53

Excusas

Estuvo tres años diciéndome que me quería pero que no me amaba.

Y que la relación le generaba dudas.

Otro comentario de vaguedad creciente era que extrañaba a los hijos, a los que la ex esposa, gracias a diversas excusas y artimañas legales iba cercenando el acceso.

"Los chicos, los chicos", repetía.

Hacia el final del período que compartimos se hizo naturista –básicamente, dejó de comer carne y empezó con unas gotas, más ciertos rituales–.

Como soy una mujer sin medias tintas –una anarquista, en un sentido– me pregunto cómo pude demorar en reconocer que al hombre franco de los primeros meses lo iba estragando el individualismo.

Yo viajaba al interior los viernes para pasar el fin de semana con él y soportaba no sin mérito que su profesión le permitiera entrar en insistente contacto con mujeres durante el resto del tiempo.

La fotografía –lo revelo y ya no me importa– es una profesión que multiplica los vínculos sociales.

El flaco lo entendía claramente y hacía un uso discrecional de ello.

Al menos, así puedo pensarlo hoy.

Mi tarea, en cambio, se enlazaba con el laboratorio de análisis y el cuidado de una madre parapléjica.

Escritora soy en las intermitencias.

Pero que las excusas vinieran en nombre de una ex, no lo hubiera esperado jamás.

La confusión fue envolviéndome como un monólogo.

Dolorosas fantasías me hacían verle cara de cadáver o, cuando se trabó en la letanía "los chicos, los chicos", yo sabía sentir olor a flores cada vez que él orinaba, fantasía que arrancó una exclamación silenciosa a mi terapeuta.

Ahora mismo su rostro me gira en la cabeza sin pausa, sin consuelo, con el bigote negro convertido en un trazo desajustado.

Tuvieron que ayudarme dos colegas residentes en su localidad.

“Será un operativo estequiométrico y molecular el seguimiento del flaco", me dijeron.

Y en un segundo mail plasmaron la consigna: "fotografiar al fotógrafo".

Sé que hicieron un esfuerzo enorme para fotografiarlo semana a semana, mientras yo llevaba mi pequeña existencia en Córdoba, siendo otra distinta de la que se mostraba aún sonriente ante él.

Todas las noches de lunes a jueves me introducía en la computadora para explorar las fotos que me iban mandando las colegas.

Así, pasaron ante mí las imágenes del flaco cargando equipos, subiendo al auto, bajando del auto, llegando a eventos, una y otra vez en la puerta de la iglesia, del registro civil, de las escuelas, de los dos clubes, un día parado bajo un árbol mirando la hora, abrazando a Damián y a Ludmila, entrando en uno u otro de los cinco o seis bares, hablando con diversos personajes en el centro con las edificaciones chatas de fondo o en un barrio alejado o encontrándose con la colorada o llevando al hijo de la colorada o saliendo de la casa de la ex o corriendo incluso por el jardincito de esa casa con un brazo en alto y la boca vehementemente abierta.

Vino después la primera foto en el hospital.

Ya nos habíamos distanciado.

He reconstruido en una carpeta –porque las fotos son de buena calidad– una serie donde se aprecian las transformaciones de la cara, desde una cara flaca pero con carne hasta la presencia india de la calavera.

También hay una serie donde he establecido toda la gradación del color –porque el trabajo con el color de las fotos es excelente–.

Ahí se nota perfectamente el descenso de un cutis morocho hasta el amarillo pálido.

Walter Giacomelli