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Número 53

Humanismo al viento

Cuando leí el texto de Ezequiel, hace unos números atrás, algo me vino a la memoria desde un lugar impreciso que dejó de serlo cuando encontré este otro texto: “Lo que Dalí llama el humanismo del ojo del culo”.

Ya desde el título y en uno y otro capítulo, Dalí va evacuando su teoría escatológica del hombre.

La alquimia de la vida ligada a la virtud de la putrefacción como resultado del trabajo de superación de la muerte.

El arte como aquello que sale de las entrañas y lo deja absorto mientras va saliendo, momento de goce eternizado que a la vez lo expulsa de su obra.

Levanta en los burlescos versos de Quevedo el evangelio de su iglesia, mientras que él mismo asume como Papa, adorador y apoderado de la Gran Vacuidad.

De algún modo el vacío insoportable es menos doloroso relleno con su propia existencia, sus simbolismos oníricos, sus pestilencias.

Venera la paleta diarreica, el color tierra siena tostada y ocre del excremento y la orina, en contra de los rosas y pistachos de las naturalezas pasteurizadas, aludiendo a quienes se esfuerzan por disimular los elementos fundamentales del hombre.

No desperdicia ocasión de diferenciarse de los otros surrealistas tildándolos de “revolucionarios hechos de papel higiénico, acogotados por los prejuicios…” Conocido es su catálogo de ventosidades, clasificadas primero por su culpabilidad según se presenten seguidas o no de su olor vergonzante; sin ruido o femeninas; de albañil; de repetición, también llamada pedo diptongo o pequeño trueno de bolsillo.

Y dejó dicho: “Me parecía que el único acto verdaderamente surrealista que hubiéramos debido celebrar, en vez de aquel simulacro de proceso, habría sido dar lectura de algunas citas del arte de peer, extraídas del Manual del artillero solapado, del conde de La Trompette; ello habría situado el debate en su verdadero terreno: la poesía, la libertad, el hombre y su naturaleza.”

Nora Martinez