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Número 52

Cuarenta velitas

Para su cumpleaños número cuarenta, Jésica decidió dos cosas.

La primera, que eran un montón de años, y la segunda, que aunque se tratara de un número importante, iba a festejarlo como siempre porque tampoco era para tanto (o ella no quería que lo fuera). Así que organizó todo como otras veces: algunas amigas, esposo, hijo, madre, hermanos, suegros, listo.

Su marido Daniel, un poco de buena onda y otro poco porque a él si le parecía que era para tanto, quiso hacerse cargo de la torta.

Eso implicaba la mezcla de ingredientes, horneado y elección del relleno además de la consabida decoración.

Compró un bizcochuelo de los que vienen semi hechos, dulce de leche y chocolate cobertura.

Tanto empeño puso en la elaboración que para cuando tuvo que elegir las velitas ya no le quedaba tiempo ni ganas, y optó por lo mejor que vio en el supermercado.

Cuarenta velitas fucsias, o sea cuatro cajas de velitas Lumiluz, pero no de las regulares, eligió las que ¡Son mágicas! Llegó el día del cumple y enseguida la hora de la torta, que Daniel exhibió con mucho orgullo.

Jésica quedó encantada con la apariencia del pastel y no muy contenta con esa cantidad de velas ardiendo, que le calentaban la cara como si tuviera una hoguera enfrente.

¡Qué los cumplas feliiiiiz!, terminó la canción y Jésica se llenó los pulmones y sopló como el lobo contra la casita de ladrillos, con idéntico resultado.

Ja, ja, ja, se rieron algunos como si la situación fuera graciosa, como si el hecho de que uno no pudiera soplar sus velas significara vejez, debilidad, escasa capacidad pulmonar y eso fuera divertido para alguien.

Sopló veinte veces Jésica, cuarenta, le cantaron doce versiones del feliz cumpleaños, pero las llamas no se extinguían.

Los invitados salieron en su ayuda, soplaron todos, escupió el niño, las velas siguieron prendidas.

Daniel se chupó los dedos y trató de apretar una llama, pero había alrededor del fuego una especie de campo magnético que impedía siquiera rozar el pabilo, sin embargo el calor se hacía sentir.

Sacaron las velas una por una y las pusieron debajo de un chorro de agua, las sumergieron en un balde, las taparon con arena, y nada.

Las tiraron al piso y las pisaron, pero solo consiguieron quemarse las suelas de los zapatos y arruinar el parquet. Comieron la torta tratando de no mirar las cuarenta llamitas que terminaron dejando sobre la mesada de la cocina, se fueron los invitados, ordenaron la casa y Jésica dispuso los pequeños cirios en una fuente de acero inoxidable.

Tuvieron que irse a dormir sabiendo que algo en la casa ardía.

Era imposible apagarlas y también tirarlas, provocarían un incendio si las metían encendidas en una bolsa.

Y descartaban la idea de dejarlas abandonadas en algún lugar remoto, podían destruir el medioambiente o quemar a un niño curioso.

Por eso Daniel decidió colocar un estante en el comedor, bien alto para proteger a su hijo, y montar allí la fuente de acero inoxidable con las velas.

Parecía un altar ridículo, porque no había nada a que adorar.

Entonces Jésica puso detrás la imagen de una virgen, una foto suya de cuando tenía catorce.

Yanina Bouche