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Número 52

Sedán vs. 5 puertas

El murmullo general del lugar era un zumbido homogéneo a los oídos de los presentes.

La inercia acústica que inundaba el bar ofrecía una especie de limbo temporal.

Imposible hubiera sido calcular, que una voz tuviera el poder para romper con esa amable monotonía sonora. -¿Sedán o 5 puertas? ¿Lo decís de verdad? Un auto es la versión mecánica de nosotros mismos.

Es nuestro fiel reflejo.

¿Acaso no es la proyección de nuestro propio cuerpo? (Dos de la mesa asintieron con un gesto). El sedán es la muerte segura de la juventud.

Un 5 puertas es todo lo contrario.

Emana energía, es ágil y dinámico.

Da cuenta de un espíritu joven que puede despojarse de las cargas innecesarias y circular con liviandad por la vida.

Es como decir: “Yo puedo andar sin esa caja trasera.

Mi auto termina acá y punto”. (Apenas pronuncio la ultima palabra, el que estaba sentado a su lado replico con fervor). -¡No entiendes nada! Las puertas son para que entren las personas, no un bolso.

Un auto es con baúl.

Lo otro es un resumen a bajo costo que no tiene ningún sentido estético.

No tienen buen porte.

Son visualmente incompletos.

Es como comparar una cochera fija cubierta con un espacio guarda coches compartido.

No hay duda a la hora de elegir.

(Continuó la primera voz).

-El monovolumen es la solución que encontraron las almas jóvenes frente al crecimiento familiar.

Sería algo así como… cargar la prole sin resignar espíritu.

El sedán viene después de los 50, nunca antes de eso.

¡El baúl es la fosa de nuestros años vigorosos! Ese anexo, es un lastre que marca el comienzo de la declinación de la potencia… ¿Acaso no se te empezó a caer el pelo después de comprarte ese lanchón? Cuando ya parecía recuperada la sobriedad auditiva, quien aplastaba terrones de azúcar con las llaves de su auto, levantó por primera vez la vista.

Enmudeció a los que hablaban con su mirada y lanzó una estrepitosa carcajada que instantáneamente rebaso los límites de esa mesa, abarrotando de ruidos el silencioso salón.

María Fernanda Mailliat