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Número 52

Cuentos seniles: el regreso de los muertos vivos

Me dicen que las historias de muertos que vuelven a la vida o zombis, están de moda.

Y yo tengo una que es bien real y me pasó esta semana. Dejamos a mi prima Cora, Corita para la familia, en una casa de reposo en Castelar hace dos o cuatro meses, cuando el encargado del edificio nos contó que lo había confundido a él con el abuelo Anselmo, que falleció en noviembre de mil novecientos sesenta y tres.

Me acuerdo de ese velorio porque fue solamente tres años después que Kennedy asumiera como presidente de Norteamérica.

Corita viviendo sola en su casa era un peligro, con tanta inseguridad, podía hacer entrar a cualquiera en medio de sus habituales confusiones. Un lunes la fui a visitar y después de recordarle mi nombre y el de mis hijos, pasamos un rato juntos.

La encontré muy bien. El martes siguiente a la noche me llamaron de la casa de reposo para avisarme del fallecimiento de Cora.

Por suerte tenían todas las instrucciones para velarla, así que a la mañana temprano me pasó a buscar María Silvia en un taxi y nos fuimos para el velatorio.

Encontramos un edificio de una sola planta, con un hombre de moño negro en la puerta y algunas (dos) coronas de flores flanqueando el pasillo de entrada.

¡Qué tragedia, pobre nuestra prima!, íbamos diciendo.

Con lo bien que estaba, para sus noventa y tres años, se lamentaba María Silvia, que siempre fue unos años menor que Corita.

La luz del día se había apagado dentro del pasillo y el aire escaseaba, cuando entre las sombras apareció una mujer que se me abalanzó. - ¡Buá! –hizo el sonido del llanto sin llorar, me agarró fuerte de los antebrazos, se separó para mirarme mejor y me dijo: - ¿Yo lo conozco a Usted? Era Cora, Corita.

Muerta y ahora viva y confundida. - ¿Corita, sos vos? –le preguntó María Silvia al borde del soponcio.

- Sí, soy yo.

¿Y ustedes quiénes son? - Somos tus primos. - ¿Y qué hacen en el velorio de Dora? –nos preguntó.

Entonces llegó la administradora de la casa de reposo y nos explicó que por error, le habían avisado a los familiares de Cora, pero que la fallecida era Dora.

Fue una gran confusión, aseguró la administradora, por suerte ahora está todo aclarado, dijo.

Mientras Corita me preguntaba de dónde la conocía yo a Dorita y me preguntaba por mi hija Graciela, convencida de que yo era el tío Rodolfo que falleció hace poco, en el noventa y dos.

Roberto Gárriz