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Número 52

Cortázar, Joyce, Vila-Matas

Cortázar Estamos mirando lo que del paraíso cae y aquello hacia lo que el paraíso va.

Y resulta que yo me paré ahí y vi tu libro y en el libro mi división.

Hubiera podido ser eso y punto.

Eso o un pájaro.

Eso o hasta un botón hubiera podido ser y un cuarzo en la página y también la maravilla de un tal Bloom entonando Hipa Up Hipa Up caballito pierna caballito.

Si bien seguir leyendo era darse cuenta de algo y seguir, también, era tapar algo de ese algo, no es que tapé yo, o no sé si es que llegué a tapar del todo yo, aunque seguí, el punto final.

Pero en ningún caso, con el punto, dije se acabó, como sí debí decir al comenzar.

Estamos mirando lo que de las puertas caen, y de los libros caen, y de todo lo que falta cae, y de los comienzos, y de los gatos y los espejos cae, nos quedamos mirando como si una manzana apenas masticada en la tierra de nadie –que es el labio de todos-, rodando, evocara cielos y paraísos.

Una piedrita ahí.

Joyce En las manos de Bloom la rosa se vuelve diversidad; antes de yo mirarla y todavía pensarla, la diversidad era mundo.

Ahora que la escribo, se colapsa.

Si Bloom soy yo, es que él está en un bar y en la mano no tiene una rosa sino una pluma.

La tinta es azul.

Toma café.

Yo soy Bloom pensando en mí (y en Azul).

Si él me mira es que en mi mundo algo se disuelve y colapsa, pero en su mano yo soy diversidad.

Recordarlo.

Pensar en Bloom es entrar a una casa por el jardín.

Toda puerta es tierra con agua.

Y toda agua es Azul.

Escribir Bloom y pensar en Bloom y entrar a su nombre es florecer.

El cielo es azul y en el campo hay ovejas.

Vila-Matas Pensó en ponerse Praga en el saco un día Kafka y frío.

Pensó arrancar de otro lo que no era suyo y meterlo en lo suyo volviendo, con esto, del otro, algo que tampoco era de él.

Pensó que haciendo esto –impostar- entendía algo del pensar: Es que todo era de nadie.

Ni del otro siquiera.

Pensó que, ya nada teniendo él de él, y viniendo él de la nada de otro, lo que podía quedar entre ambas nadas y ambos otros era acaso otra nada (más aguda y severa): el gusto.

Todo lo real era, ahora, de ese encuentro

Gabriel Pantoja