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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 52

Algún final

El cielo de la noche, enorme globo negro, se desinfla por el lado más débil y aparece un amanecer flojo y arrugado.

Un humo terracota, en lugar del clásico resplandor del alba, bordea a cierta distancia el camino.

Allí donde antes hubo destellos de oro pálido rompiéndose entre las filas ultraoscuras de los álamos, hoy se exhiben cálidos tapices, cosidos rápido.

Albores efectivos y convincentes.

Debe ser de tanto decir que se muere el planeta que ya uno no sonríe como antes.

Acaso ya no se consigue ni el sabor de la galleta marinera (no hace tanto, faltaban cinco mil años para que esto sucediera; el tiempo vuela).

Es impresionante comprobar –doloroso también- cómo determinadas carencias de pequeño porte le cambian el sentido al viaje. Unos rayos de sol garabatean algo sobre el andén.

Pero el tren–ese tren del que veníamos hablando- pasa de largo, semidormido.

Tiene en mente encontrar una casa verde y pone cara de no poder ocuparse de otra cosa.

Con sus valijas en la mano algunos pasajeros ven de pronto escurrirse las puertas delante de sus ojos, las ven mezclarse entre las franjas inconclusas de la velocidad, sin poder abrirlas para bajar.

Perplejos e imposibilitados, hacen un movimiento brusco de fastidio.

Otros tocan sus caras y tratan de recordar quiénes eran cuando estaban desconcertados, tratando de no utilizar muecas al azar.

Aún cuando el desconcierto suele hacer crecer más esperanzas, hay mucha gente que labora parsimoniosamente para refrescarle a cada uno cuál es la compostura adecuada del gesto espontáneo, cuál es el último destino de la frase ocurrida, la tarea póstuma del hombre acerca de sus sueños.

Nora Martinez