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Número 51

La heroína del Bicentenario

Habrá sido porque iba pensando en la presentación que había estado escuchando, o porque la última y tal vez única vez que había ido a la Biblioteca Nacional tenía, fácil, 20 años menos y ya no recordaba sus vericuetos, no sé, pero la suerte quiso que al abandonar el Auditorio Jorge Luis Borges me distrajera y bajara más allá de lo debido.

Cuando me quise dar cuenta estaba entre la hemeroteca y otra sección para mí imposible de identificar, en el subsuelo.

Y sola.

Era tarde y no había por la zona ningún guardia, o si lo había no lo vi.

Así y todo no tuve miedo.

“No tengo miedo”, me dije, y ya que estaba me entretuve investigando la zona.

No me alejé mucho de la escalera por la que había llegado, sin embargo en un momento la perdí de vista.

Sí vi en un rincón otra larguísima que iba para abajo, más abajo.

De puro curiosa, me interné por el pasadizo.

Desemboqué en un cuartito diminuto de uno por uno como mucho.

Nada había allí a excepción de una puertita que me llegaba al mentón.

La empujé con fuerza y se abrió.

Agachando la cabeza caminé por un túnel oscuro algunos metros hasta tropezar con una valla mínima que separaba al estrecho pasillo de una sala imponente y mal iluminada.

El silencio era apenas quebrado por un leve tic tac.

Frente a mí pude ver una máquina inmensa, llena de resortes y engranajes, un poco oxidada pero que aparentaba estar en perfecto estado.

Era un mecanismo complejísimo y se parecía más a un invento de Leonardo da Vinci que a un aparato de nuestro tiempo.

Giré alrededor del gigantesco artilugio, de cuyo centro emergían cuatro vigas de hierro articuladas que recorrían radialmente la sala y se perdían en el techo.

Volví a prestar atención al incesante tic tac porque el sonido estaba desacompasado respecto del de mi corazón, que iba a mayor velocidad.

Traté de descifrar de dónde venía ese latido externo pero me fue imposible.

En cambio di bastante rápido con una palanca de metro, metro y medio de largo, de cuya punta pendía un cartel escrito a mano en letra de imprenta y que decía “para desactivar la máquina, tire de la manija”.

Por su posición comprendí que el aparato estaba en marcha y supuse con razón que prueba de ello era ese tic tac continuo.

Empezaba a ponerme nerviosa, temía que se hubiera hecho demasiado tarde y que cerraran las puertas, dejándome ahí encerrada hasta la mañana siguiente o por años.

Ya estaba retrocediendo cuando la maquinaria crujió estruendosamente.

Giré sobre mis talones.

Unos metros más allá, de una especie de garita, emergió Clorindo Testa.

Me escondí tras una tuerca de enormes dimensiones y desde allí lo escuché decir: “Ya es hora, la tortuga finalmente va a caminar.

Tantas calibraciones no fueron en vano, las patas de mi artefacto comenzarán a moverse esta misma noche, justo para el cierre de los festejos por el Bicentenario”.

Al borde del desmayo me imaginé a ese gigante de hormigón despegando sus extremidades del suelo y avanzando por Avenida del Libertador, pisando autos y gente a su paso, metiendo sus zarpas dentro de los edificios para alimentarse de libros de diverso tipo, y defecando tinta de todos los tiempos.

Salí de mi escondite a los gritos, empujé a Testa y corrí hacia la palanca.

El suelo comenzó a temblar primero débilmente y luego con fuerza, lo cual dificultó el desplazamiento del arquitecto y facilitó mi tarea.

Con el peso de mi cuerpo logré poner el aparato en off.

No sé cómo encontré el camino de regreso a la superficie.

Ya no quedaba nadie en el edificio más que la gente de seguridad.

A la pasada pude escucharlos hablar del temblor entre risas nerviosas, pero preferí no contarles nada.

Cuando estuve afuera tuve que prender un cigarrillo para relajarme; antes de abandonar el predio lo apagué contra una de las columnas que sostiene a la extraña construcción, aprovechando una grieta que parecía de reciente factura.

Yanina Bouche