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Número 51

Un sábado cualquiera

Pensar que todo era una broma.

En ese espacio de tiempo donde se produce algo, es decir, durante, el negro Octavio puso esa cara.

Después lento, denso, emergió el silencio.

Nada que ver y menos que decir, si sólo fue una broma.

Quién me explica el juego, repetía el negro.

La cosa fue así, querida mía.

La apuesta consistía en negar esa palabra, mejor dicho, en no pronunciarla durante un tiempo que los compañeros no definieron.

Comenzó el juego después del vino tinto en la casa de Gustavo.

Los nueve sostenían el ritual de emborracharse el primer sábado de cada mes hace años.

Ahora sospecho que el ritual los soportaba a estos once (¿dije nueve?) cada mes.

Te decía, querida mía, que mientras comían se atoraban con el gol de aquel domingo, el presidente que quiso ser vice, la perla (verdadera) que vendió el gringo, lo único de herencia que valía la pena de su suegra, el estado sin política y la caída de los dientes a medida que el tiempo iba tomando sus medidas.

Está bien, continúo.

Sucede que me gusta divagar imaginando lo que hablaron aquel sábado.

El negro me lo contó sin lujos de detalles.

La cosa fue que alguien propuso una apuesta y uno dijo que sí, por qué no, no estoy seguro pero parece interesante, y dale nomás, que todos se prendieron de eso que dijo el primero, que no se sabe quién fue porque todos lo niegan y se niegan.

Y a mi lado el negro, acá arriba, en una nube densa.

La apuesta era que el que decía aquella palabra se metía en un lío con las almas.

Y si aparece la palabra aparece el alma errante del primero que la escucha.

Ese sábado tuve suerte al pasar por ahí y fui la primera en escucharla (no me acuerdo querida mía quién la dijo) y se cumplió lo de la apuesta.

Me les aparecí después de un par de años encerrado en la cajita de madera.

La cara que puso el negro! Ahora, querida mía, está conmigo.

A veces se le pasa el miedo, y de tanto en tanto repite que solo era un juego, una broma.

Y bueno, yo espero que se le pase mientras le acomodo las alitas.

Laura Gibilaro