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Número 51

De la berretez al cinismo

Estamos aquí, la familia televisiva, reunida para festejar un nuevo aniversario.

Todos aquí, gracias a ustedes, y por ustedes, a quienes acompañamos día a día, Y les agradecemos por permitirnos entrar en sus hogares.

Estas palabras bien podrían haber sido dichas en alguno de los ya cincuenta cumpleaños de Canal 9 por el Zar de la televisión.

Uno de los canales que contó, al menos durante la década del 80, de una identidad muy clara, marcada y que ha dejado huellas profundas en la memoria colectiva.

Aprovechando esta coincidencia cantemos: Felicidades, Felicidades, hoy Canal 9 les desea felicidades… Esta melodía evoca plenamente una época maravillosa, llena de momentos que podríamos caracterizar como optimistas: Feliz Domingo, Atrévase a soñar, Seis para Triunfar, Finalísima del humor, Sábados de la bondad, Si lo sabe cante, entre tantos otros.

Pero sin dudas algo característico este período –que no da cuenta del medio siglo que recorrió el Canal de la Palomita– fueron los programas de entretenimiento familiar.

Estos tuvieron la pesada carga de hacerse cargo de poner en juego saberes “pobres” (especialmente comparados con otros de la época como Tiempo de siembra, que articularon lo que todos pensamos siempre de esta señal: es berreta.

Su berretez, o digámoslo de manera políticamente correcta, su carácter popular es lo que constituyó el secreto de su encanto.

Pero la herencia de la berretez parece haber cedido su olímpica antorcha a Tinelli, aunque con unas cuantas distancias.

Mientras el canal de Romay proponía un juego en el que la vergüenza pública nos impedía contar nuestro disfrute con Leonardo Simmons, hoy comentamos lo que Marce produce cotidianamente.

La gran diferencia es que Leonardo nos invitaba a participar, mientras que hoy se nos invita a “fiscalizar” lo que sucede frente a nosotros.

La berretez del 9 radicaba en nuestra presencia vicaria, la del 13 de hoy en nuestra condescendencia.

La época de oro del Canal 9 supuso una convocatoria cariñosa, amorosa, respetuosa, pero sobre todo kitsch que no dejó a nadie afuera, porque sus temas fueron “rústicos”.

Hoy no.

No es que nos deje afuera simplemente, sino que nos convoca como testigos, garantes de la farsa, y no participantes lúdicos.

Es sin duda un espectáculo más cínico que ni siquiera produce vergüenza.

Mónica Kirchheimer