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Número 51

Wonderboy II

A comienzos de los noventa, cuando las canchas de paddle comenzaban a invadir cualquier terreno apto para la construcción, se vivía la decadencia de los prometedores locales de video juegos.

Los clásicos juegos de arcade, de un joystick tipo pelota y dos únicos botones, dejaban lugar a los nuevos juegos, mas sofisticados, con más botones y cosas extrañas.

En ese universo, y colgado del éxito de su antecesor, aparece el Wonderboy II.

En este caso, el rubio muchachito que garantizó horas de diversión a fines de los ochenta, dejaba la patineta de lado para recorrer una tierra dominada por un maléfico dragón.

A lo largo de su aventura, su equipamiento puede incrementarse comprando diferentes armas y vestimentas con monedas que se conseguían a cambio de matar algunos monstruos.

Pero la parte mas importante del juego radicaba en los trucos.

Saltando en un determinado rincón era posible obtener monedas escondidas.

Disparando un huracán antes de saltar, las monedas que se podían obtener llegaban a mas de sesenta, entrando a puertas fantasma se conseguían amuletos que podían ser cambiados mas adelante por otros elementos, hasta tener un rubí que desenmascaraba al dragón (que era un robót, para sorpresa de todos).

Nunca logré, durante el secundario, dominar el arte de jugar al Wonderboy II. El azar, o vaya a saber uno qué cosa, me llevaron a reencontrarme con el juego unos años después, cuando ya me encontraba promediando mi carrera universitaria.

Alguien decidió poner un pequeño local de video juegos en mi barrio, y entre los aparatos se encontraba el querido juego.

Durante tres meses asistí casi todos los días al local.

Llevaba sólo cincuenta centavos en el bolsillo, lo que me alcanzaba para dos fichas.

Una la jugaba al Wonderboy II y la otra a cualquier otro juego.

Finalmente conseguí el objetivo: el dragón mecánico fue derrotado, y pude ver la pantalla final.

El protagonista subía a una especie de nave espacial y se iba con la sensación del deber cumplido. Al día siguiente fuí al local, pero estaba cerrado.

Un par de días después, yendo a la panadería pude ver como cargaban todo en una camioneta.

Nunca más vi al Wonderboy II en ningún lado.

Mariano Quintero