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Número 51

La caldera del diablo
Incubus

Piense usted en la temperatura que puede producir en este lugar un número tan grande de amores propios que se comparan allí. Paul Valéry Witold Gombrowicz afirma que en cada ciudad importante existen unas personas, que en conjunto ocupan no más de una confitería, perorando sobre la literatura y el arte, queriendo imponer sus gustos y sus caprichos.

Se trata de gente ansiosa, que busca en un consenso acotado, alguna seguridad, alguna manera de delimitar lo valioso para poder saber lo que valen.

Allí el escritor malo no puede decir nada porque es malo, y el bueno dice poco por la prudencia que le imponen sus múltiples y muchas veces ilusorias responsabilidades. Valéry está de acuerdo: “París encierra, combina, consuma y consume a la mayor parte de los hombres brillantes e informados cuyos destinos los han llamado a seguir las profesiones delirantes...

Llamo así a todos esos oficios cuya materia es la opinión que los otros tienen de uno.

Las personas que los ejercen, abocados a una eterna candidatura, están siempre necesariamente afligidos de cierto delirio de grandeza que un cierto delirio de persecución atraviesa y retuerce sin cesar.

En este pueblo de únicos reina la ley de hacer lo que nadie nunca ha hecho antes y que nadie nunca hará.

Es, cuando menos, la ley de los mejores; es decir, de aquellos que tienen la voluntad de querer claramente algo absurdo”. Actores, pintores, escritores, cantantes...

Jacques Lacan agregó a la lista de Valéry a los psicoanalistas.

En esta caldera del Diablo nadie encuentra su lugar en el infierno común, en esta “iglesia interhumana” (Gombrowicz) nadie sabe a qué Cristo encomendarse. La ilusión de estar solo muestra la superioridad, una soledad situada en los límites de una especie: “Cada uno de ellos funda su existencia sobre la inexistencia de los otros, a los que hay que arrancar su consentimiento de no existir”.

Germán García