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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 50

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Y sigue el tren con ese tintineo tan medido, maquinal.

Sigue su camino por la ciudad.

Ya quisieran muchos de sus pasajeros atravesar praderas vírgenes en lugar de ir hollando los suburbios del sopor.

Olvidar por un momento el escándalo de estímulos que hacen cola en las ventanillas para ser atendidos por los dueños de todos esos ojos tan iguales a sí mismos como las horas de cualquier insomnio.

Colmenas incalculables a ambos lados del vidrio.

Sin embargo hay quienes pasean por los vagones alardeando de un equilibrio bamboleante, como si tuvieran que transportar un bucle invisible adentro del cuerpo, y eso los hace parecer tan aptos que uno se siente tentado de aplaudirlos. Por el mismo pasillo, una mujer.

Pertenece a una era que ha quedado atrás hace mucho tiempo, y que dejó de ser escala obligada del viaje.

Tal vez, aunque sea muy difícil, algún día pase algo inesperado y ella pueda al fin, bajar.

Se detiene dubitativa ante dos asientos.

Uno está vacío.

Los pensamientos se le bifurcan inútilmente buscando ínfimos beneficios, pero hay más que eso.

Con un suspiro echa aliento a sus cristales y escucha con timidez una balada atípica.

A un costado, debajo de unos párpados abultados y enrojecidos, aparece una mirada que se dirige hacia ella.

Al principio es una lava tibia que se extiende rozando el borde de su vestido.

Luego es un torrente de inflamada severidad.

Falsamente ofendida (aún cuando querría saltar) ella empequeñece su intención, la resguarda de cierta intolerancia y retoma su andar hacia el próximo coche.

Nora Martinez