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Número 50

Un viaje solitario

A René Daumal En la primera ciudad no había nada, ni en la segunda, ni en la tercera.

Hasta que encontró esos hombres armados que preguntaron ¿Cuánto hace que ha muerto? No respondió, no sabía que estaba muerto.

Eran buscadores de ciudades y hasta ese momento la expedición había sido inútil. La búsqueda de ciudades le gustaba, pero una lo había turbado.

¿Para qué buscar si no se conoce el tiempo de una vida? Sólo, caminó varias noches hasta dar con una piedra que a cierta hora producía una luz en la niebla; una luz extendida sobre el valle.

Con esa luz podía ver otras ciudades, ciudades donde quizá la expedición no llegase nunca. Pensó, en primer lugar, mostrar la piedra a los otros.

Luego decidió por el silencio, ya que esos habían perturbado su soledad.

Inmóvil, pasaba el día esperando la noche. La expedición descubrió algunas ciudades, estudió poblaciones de pueblos remotos, y vivió con emoción costumbres singulares. Los otros un día ensayaron un combate según las leyes de guerra que acaban de descubrir; un juego tan perfecto que algunos murieron, poseídos por el espíritu de la guerra. La ciudad que vio esa noche era amurallada, se divisaban cuerpos desnudos atados en forma de cruz, y hombres armados con lanzas.

Otros que caminaban entre llamas que sobrepasaban las murallas. Llegó a saber que esa luz que le permitía ver ciudades nada le decía de su origen, ni del origen de su viaje.

Su propia existencia era un jeroglífico olvidado.

Germán García