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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 50

Casa Tomada por zombis

Julio Cortázar Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua, guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia. Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella.

Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa.

La casa era muy grande; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles.

Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate.

Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca.

El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación.

También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta.

Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad. Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene: -Tuve que cerrar la puerta del pasillo.

Han tomado parte del fondo. Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados. -¿Estás seguro? Asentí. -Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado. Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos.

Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca.

Irene pensó en una botella de Hesperidina.

Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar.

Se puede vivir sin pensar. Nos acostumbramos.

Entre tanto, se sucedieron los días.

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias.

De noche siento sed, y le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua.

Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño.

Irene vino a mi lado sin decir palabra.

Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro. No nos miramos siquiera.

Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás.

Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras.

Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán.

Ahora no se oía nada. -Han tomado esta parte -dijo Irene.

Estábamos con lo puesto.

Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio.

Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche.

Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle.

Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla.

No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada por zombis. Versión zombi: Roberto Gárriz

Roberto Gárriz