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Número 50

Genaro

Diría mentiras si no nombrara a Genaro, con su dulce sonrisa, sus gustos polifacéticos, sus entonaciones tenues, todo un ganador.

Si cuando llegaba Paula sus palabras eran gotas deslizándose por las hojas al caer la lluvia.

Siempre apuesto y atento a cualquier llamado, a cualquier súplica.

Las botas, el cabello, los platos, los impuestos; nada se escapaba de sus manos, y el viento temía cada vez que soplaba a su lado, no vaya a ser cosa que… Pero cuando se reía, eso sí que era un espectáculo, verlo con sus dientes saltones, los ojos como cataratas, las mejillas se juntaban con los párpados, y sudaba, seguramente por el cambio hormonal de la alegría. Ése era Genaro, que junto a su hija Paula, cantaban día a día, acercándose a la muerte.

Hasta que llegó el día.

Mucho viento, nieve, las calles desoladas, el transporte varado, los sueños entorpecidos.

La marea asustaba.

Al otro día, el sol se abría paso, nadie entendía nada, nadie preguntó nada.

Y continuó silbando y cantando, solo Genaro, como siempre había estado.

Jorge Rivadeneira