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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 6

Viudas
Pájaros

Estábamos abriendo la librería que teníamos en Pedernera al 500 el día que sucedió.

40 años tuvo el negocio mi marido.

La librería era su vida y también fue su muerte.

Siempre nos fue bien, todo el barrio nos compraba a nosotros, ni siquiera el Tía de acá a la vuelta logró sacarnos la clientela.

Pero en marzo el negocio comenzó a irse barranca abajo y Eugenio, que nunca corrió rápido, no pudo alcanzarlo.

Los lápices, las biromes Bic y las tizas se salieron de las cajas, se cayeron de los estantes y comenzaron a rodar por la pendiente.

Me parece verlo persiguiendo los útiles, tratando de poner al negocio en su lugar...

pero no hubo caso.

En abril decidió cambiar de rubro, o mejor dicho enfocarse en un nicho más específico: el de los compradores de hojas, sacapuntas, transportadores, escuadras y demás mercadería angulosa, no tan rodante.

Pero no le fue mejor. Una mañana, el 27 de abril para ser precisos, mientras abríamos el local notamos algo extraño.

Los útiles estaban de pie, en fila, como al acecho.

Él entró igual.

Yo me quedé mirándolo de afuera, tuve miedo.

En cambio Eugenio parecía agrandado.

Pero los que realmente estaban agrandados eran los útiles.

Ni bien cruzó la puerta, un sacapuntas gigante se le subió a la cabeza.

El balero de mi querido Eugenio calzó justo en el artefacto que ahora giraba y giraba sin cesar, dejando caer hacia los costados primero lonjas de piel y pelos, luego pedazos de cráneo y cerebro de mi marido.

Cuando hubo quedado bien puntiagudo, Euge debió vérselas con el compás que, con la pata pinchuda en alto, se le vino encima.

Se le clavó en el estómago y marcó un círculo en la zona.

Hacia allí se dirigió una agujereadora que, cerrándose, perforó sus vísceras.

Quisiera sacarme de encima el olor a sangre y olvidar los gritos que dio el viejo aquella nefasta mañana... Eugenio trató de incorporarse y alcanzó a sentarse en ángulo recto.

Iba a socorrerlo, pero un transportador obtuso lo colocó en un ángulo de 250 grados con su cintura como eje.

Le quebró la columna.

Él seguía gritando, lloraba, daba pena verlo...

Fue entonces que decidí arriesgar mi vida y entrar al negocio.

Lo cargué sobre mi hombro y lo deposité en la vereda.

Le puse un ojalillo en la panza, le pasé papel secante por la cabeza, pero no hubo caso...

Era un despojo inservible y en carne viva.

Por eso tomé una goma lápiz tinta y le di y le di con la parte azul hasta borrarlos del mapa a él y a su dolor. Ahora estoy pensando en mudarme...

No puedo evitar deprimirme cada vez que paso por la puerta del local clausurado y veo, en la vereda, la mancha azul y desprolija que dejé por no haber usado goma blanca, como siempre me recomendaba mamá.

Yanina Bouche