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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 50

Amontonamiento

Perdón, perdón, disculpe, permiso.

Avanza como puede entre la multitud.

No es un día especial ni una ocasión especial.

La vereda de la avenida hace años que es un hormiguero.

Y no hay señalización, así que algunos van y otros vienen.

Perdón, permiso, disculpe, permiso.

Está solo pero habla todo el tiempo porque no quiere lastimar a nadie, porque empuja sin querer.

Para colmo es invierno y la gente anda con dos, tres abrigos superpuestos y ocupa más espacio.

En verano cabe una persona más a lo ancho pero por la fricción de la piel y la ropa (húmedas por la transpiración) tampoco es que se acelere el tránsito.

Los más bajos se tienen que conformar abriendo sobacos con la frente para pasar, y hay que ser demasiado alto como para no respirar encima de otras narices o de los pelos de los demás.

Los niños y los enanos, cuando saben esquivar pantorrillas y muslos, llevan ventaja porque en ese primer metro siempre hay más espacio. Algunos, más osados y atléticos, caminan por sobre la muchedumbre armando como una segunda franja de gente.

Si encuentran unos hombros fuertes capaz que se quedan ahí parados, esperando que el de abajo avance y los lleve.

Pero los que van al ras del suelo se avivan enseguida y mueven la espalda, se los sacuden de encima y entonces el del nivel superior no puede más que buscar otro hombro o una cabeza para hacer pie y continuar avanzando.

Lo bueno es que a esa altura circula menos gente y la vista es mejor, por eso en los balcones de los primeros pisos ya se abrieron kioscos, tiendas y bares.

Son esos, los de arriba, los únicos que venden algo porque en la planta baja es imposible detenerse a nada: si en el amontonamiento se pierde una zapatilla, mala suerte.

Entre permiso y disculpe el tipo levanta la cabeza y ve que en el segundo piso de un departamento están colocando un cartel porque van a abrir un negocio de venta de tornillos aunque todavía por allí -por lo que más adelante seguramente será un tercer estrato de cuerpos- no circula nadie.

Pensaba en la buena idea de ese vecino previsor cuando un pie talla 48 le pisó la cara, obligándolo a volver la vista al frente.

Detrás suyo una señora embarazada grita “niiiiii nuuuuu niiiii nuuuu” y, sin detener la marcha, él se pone de perfil para que lo pase sin problemas.

La panza de la mujer le roza la mano y puede sentir claramente una patada del niño que está por nacer y que todavía no sabe (no debe) pedir permiso ni perdón.

Yanina Bouche