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Número 49

Otro palo completo

Otro palo completo Para Gabriel Charrúa Uno de los hechos más curiosos del estado actual de la ciencia ficción radica en su aparente incapacidad de convocatoria.

En efecto, cuando se intenta recordar algún texto memorable de la historia de la ciencia ficción, fatalmente (con la excepción de Matrix y, tal vez, Avatar) se recurre a textos que tienen al menos dos décadas de antigüedad: se habla de Blade Runner o de La Guerra de las galaxias, de las primeras novelas de William Gibson o de los relatos de Philip K.

Dick. Hace algunas décadas, Isaac Asimov enunció una fórmula feliz que convendría explorar para ver los motivos de esta anemia genérica.

Asimov señalaba que el marco perceptivo necesario para la existencia de la ciencia ficción (un género de la era tecnológica) se relacionaba con la evidencia del desarrollo de la técnica en la vida cotidiana.

Así, la ciencia ficción sólo podía emerger en el momento en que un individuo pudiera percibir que, en el curso de tiempo de una vida, la tecnología había cambiado radicalmente las formas de su cotidianeidad.

Asimov señalaba que sólo durante la segunda mitad del siglo XIX los países europeos percibieron esa evidencia, y verificaba que era en ese contexto donde se habían producido los primeros relatos que luego conoceríamos como ciencia ficción: las novelas de Wells y Verne. Sin embargo, ninguna generación ha sentido como la nuestra el impacto del desarrollo tecnológico en la vida cotidiana.

En poco más de diez años han cambiado radicalmente las tecnologías de la comunicación, las formas del trabajo y la idea misma de individuo biológico.

Y a pesar de todos esos cambios, que han permeado el universo de la ciencia ficción en la última década, el género no parece haber logrado hacer de esos temas un material interesante.

Nadie recuerda el drama de los clones de la película El sexto día ni se detiene a pensar en las paradojas digitales de la novela Ciudad permutación. En efecto, lo que olvidó señalar Asimov es que para que la ciencia ficción exista no sólo es necesaria la evidencia tecnológica, sino también una cierta predictibilidad asociada a ella, una extrañeza que nos permita postular un futuro derivado de la tecnología.

Esa “futuridad extrañada” era el motor del género, su condición mínima de posibilidad. Y nuestra contemporaneidad parece anonadada frente a ese futuro, no porque no seamos conscientes de su existencia sino porque pareciera estar siempre sobre nosotros, tan sólo un paso más allá, hasta confundirse con nuestro presente.

Parece imposible, por ejemplo, predecir el futuro de Internet, menos por ignorancia que por la velocidad de sus cambios.

Esa velocidad hace que todos los cambios de la comunicación sucedan sin conflictividad, incorporándose “naturalmente” en nuestras prácticas cotidianas. Así las cosas, el futuro ha perdido dramatismo, y la ciencia ficción, que encontraba en ese dramatismo su motivo principal de interés, ha perdido a sus lectores y espectadores. Ezequiel De Rosso

Ezequiel De Rosso