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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 49

Amarillo

El sol caía vertical sobre el patio, las puertas y ventanas marrones de la casa estaban cerradas.

Por fuera del perímetro, un paraíso entrado en años delimitaba la zona de sombra.

No sé porqué extraño accidente el paraíso tenía dos gruesos troncos, uno vertical que sostenía la copa redonda y ancha y otro horizontal que terminaba en algunas ramitas y servía de palenque.

Nos dejaron afuera como era la costumbre de los adultos a la hora de la siesta, yo miraba a mi madre largamente, él cerró el postigo con fuerza.

Yo quedé afuera y ella adentro.

Los hombres fueron juntando sus recados, con el sombrero bajo y los ojos entornados, estaban ya dormidos.

Trepamos al tronco jugando a los caballos, inventamos historias en voz alta para tratar de llenar de sonidos el silencio pero las voces se fueron apagando.

Como hacía frío bajo la sombra, nos refugiamos entre las raíces mirando hacia la casa que era la mitad conocida porque atrás, del otro lado del paraíso, se extendía el maizal, de allí provenían las extrañas sensaciones.

Una quietud viva. Con la espalda apoyada sobre el tronco, miraba con miedo, con enojo, con deseo, el postigo cerrado.

El sol daba de lleno en él.

La casa alargada dividía el espacio en dos zonas, la cocina y el comedor se unían al casco principal mediante una galería formando una ele; hacia adelante se extendía el patio de tierra y luego la sombra del paraíso; hacia atrás, se abría un espacio enmarañado de árboles y plantas, en semi-sombra.

Por el hueco de la galería, al fondo, a través de un cono de luz, se dejaba ver el estero.

Unos perros viejos obstruían cada tanto ese túnel vegetal.

Escuché el ruido del quiebre de una rama, venía del maizal.

Un silbido bajito como un chistido llegaba desde la izquierda, sin girar la cabeza, traté de mirar por el rabillo del ojo, sólo ví un resplandor y, velozmente, volví la mirada hacia la casa con el temor de ser descubierta.

No ví nada más.

Sentí.

Las lágrimas comenzaron a salir.

Un zumbido invadió mis oídos amplificando los sonidos, un rumor lleno de ruidos y el silbido atravesando como un rayo esa densidad suspendida.

Un olor agrio de tabaco.

Todos estaban dormidos.

Y el postigo no se abría.

Silvana López