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Número 49

Esa mujer (zombi)

Por Rodolfo Walsh El coronel elogia mi puntualidad: es puntual como los alemanes ¬dice.

¬O como los ingleses.

El coronel tiene apellido alemán.

Es un hombre corpulento, canoso, de cara ancha, tostada.

He leído sus cosas ¬propone¬.

Lo felicito. Mientras se sirve un vaso de whisky, me va informando, casualmente, que tiene veinte años de servicios de informaciones, que ha estudiado filosofía y letras, que es un curioso del arte.

No subraya nada, simplemente deja establecido el terreno en que podemos operar, una zona vagamente común. Yo busco una muerta, un lugar en el mapa.

Aún no es una búsqueda, es apenas una fantasía: la clase de fantasía perversa que algunos sospechan que podría ocurrírseme. Algún día (pienso en momentos de ira) iré a buscarla.

Ella no significa nada para mí, y sin embargo iré tras el misterio de su muerte, detrás de sus restos que se pudren lentamente en algún remoto cementerio.

Si la encuentro, frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzarán, poderosas vengativas olas, y por un momento ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra. El coronel sabe dónde está. Me cuenta las desgracias que le pasaron a todos los que tuvieron que ver con el cadáver.

Uno confundió a su mujer con un ladrón y le pegó un tiro en medio de la noche.

Otro murió en un accidente de auto. A él se la tienen jurada, lo llaman para amenazarlo, lo insultan, le desean muertes horribles y enfermedades.

Su hija pequeña está en tratamiento psiquiátrico. El gallego, el médico que la embalsamó quedó perdidamente enamorado del cadáver.

Menos mal que estaba el coronel, me cuenta él mismo en tercera persona, para cuidarla.

Pobrecita. Me dice que quiere que cuente su historia, la historia, se corrige. De algún lado saca una ametralladora y me advierte que no lo van a agarrar desarmado, claro que no.

Él está preparado esperándolos.

Me ofrece café o whisky.

Whisky, le contesto y el coronel pega un grito.

Entonces se abre la puerta y ella aparece, la vista perdida en el ventanal del fondo, saluda con un sonido ronco y gutural que suena como si hubiera proferido la palabra “compañeros” pero desde el más allá.

Trae una bandeja con un vaso.

Me lo deja, da media vuelta, el rodete rubio bien arriba de la cabeza, el trajecito sastre apretado sobre el cuerpo demasiado flaco para mi gusto.

Abre la puerta y desaparece. Tomo el primer sorbo, tiene gusto a formol. Versión zombi: Roberto Gárriz

Roberto Gárriz