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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 49

La marcha

Todo sucede casi al mismo tiempo y a la misma velocidad.

Cae la noche, la estación de trenes va quedando atrás y el balanceo de los ejes por debajo de la formación empuja una secuencia de poleas y dientes hacia un movimiento cada vez mayor.

El dulzor agrio de las vías entra y sale de los vagones sofocando el aire.

Entonces aparece la lejanía, sonriente.

Como quien llega tarde a despedirse con cara de saber que eso iba a pasar y se queda saludando desde el andén levantando los brazos como si tuviera muchos, y luego se instala en algún banco de listones de madera, indiferente a la mirada de los curiosos, de los que aún no tomarán el tren. Poca gente suele hacer este viaje.

Para algunos el viaje en sí mismo es considerado una reliquia y lo hacen con intención de abastecerse de pequeñas grandezas, parte de su snobismo.

Visten ropas de esforzada confección, muchas telas suaves encimadas que les dan volumen y calor, y sombreretes de tules verdes.

No todos son así.

También hay un tipo de personas que viajan - no siempre son las mismas- porque se les da viajar en ese tren, ya sea porque llegan más rápido o más cómodos a sus trabajos.

Hacen tramos más bien cortos, indolentes a todo acontecimiento.

Toman este tren como podrían tomar cualquier otro.

Y además están los viajantes, personajes algo extraños de traje negro.

Por lo general se los ve en pareja, se sientan juntos: uno al lado del otro o enfrentados.

Mantienen un coloquio ralo, una parca armonía, apenas suficiente, pero son los únicos que pueden darle sentido a este tren que atraviesa la ciudad de punta a punta.

Se dice que jamás podrán tener una relación ni más ni menos cercana de la que tienen, y aún así ser inseparables como las dos torres de un castillo.

Nora Martinez