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Número 49

Golpe bajo

Se sintió desolado.

Su mirada perdió la pasión que la caracterizaba y se tornó opaca.

Abruptamente lo invadió una pesadez corporal que lo dejó exhausto, casi desvitalizado.

Siempre se había sentido incrédulo.

Llevaba como bandera la idea que nadie era enteramente de confiar.

Nada era supuesto.

Ni los padres amaban a los hijos, ni los hombres a sus mujeres, ni los socios bregaban por un beneficio común.

Sabía que hasta la mujer más amorosa podría hundirle un puñal a sus espaldas sin remordimientos por el amor presente o pasado.

Mucho menos creía en esas cosas que alinean a las muchedumbres.

No tenía religión ni ideales políticos.

Descreía plenamente de los que se llamaban solidarios u ofertaban sin pedir nada a cambio.

Era hombre de negocios en casi todos los aspectos de su vida.

Efectivista, directo, pragmático.

Se orientaba por su no creencia generalizada, a la que atribuía cada uno de los logros de su vida pública. A contrapelo de su costado floridamente cínico escondía una fe ciega en unas pocas personas.

Eran el núcleo mas profundo de sus amistades.

Unos a los que respetaba y amaba con carácter casi sagrado.

Ellos constituían su único punto de confianza.

Allí descansaba de sus andamiajes defensivos, convencido de la honorabilidad de los hombres, del valor de la palabra dada y de los espíritus que jamás se doblegan ante las dulces tentaciones de la traición.

Ésos pocos eran su patria. Un día cualquiera, durante una conversación sin importancia, supo que ésos con los que se sentía hermanado, se habían regodeado con los goces de una oratoria frívola sobre los penares de su vida.

Sólo él reparó en lo impropio de esa escena que estratégicamente lo había excluido.

Se sintió herido de muerte. Su familia elegida, su núcleo irreductible, lo habían traicionado en ese obsceno festín verbal que ofrecieron a gente extraña.

Lo expusieron irresponsablemente al vulgo de los lugares profanos sin siquiera intuir que lo estaban haciendo.

Ahora sí que no creía en nada.

María Fernanda Mailliat