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Número 6

Una constelación de universos

todos nos gustan las novelas.

Esa sensación de hundirse profundamente en un universo.

De conocer, y frecuentar, un grupo de personajes.

Y, más aún, las novelas “narrativas”: a todos nos gusta quedar atrapados por la trama, antes que disfrutar de la prosa.

Algunos, además, disfrutan la prosa antes que la trama; pero todos disfrutamos del espesor de un conflicto bien construido y resuelto.

Por lo demás, una cosa es condición de la otra: un conflicto sólo se disfruta si está bien escrito.

Lo contrario, por supuesto, no necesariamente es cierto. Puestos entre la espada y la pared, sin embargo, yo elijo los libros de cuentos.

No los cuentos; sino los libros de cuentos.

La secuencia disruptiva que articula una selección de cuentos me estimula, me permite imaginar una constelación de universos incompletos y breves.

Una miniatura del potencial proteico de toda literatura. Lo que es un problema: porque no existe el libro de cuentos perfecto, compacto, brillante.

El mismo concepto antológico que los guía es su fatal condena.

Una novela es un todo orgánico, una entidad cuyas partes solidarias se compensan y mejoran o destruyen una impresión: las novelas suelen ser buenas, malas o regulares; rara vez “desparejas”.

Así, la novela deja la vívida impresión de que se ha leído un mundo en el que todo está encadenado en virtud de la narración. Ese universo funciona como un agujero negro del que entramos y salimos con la misma fuerza y desconcierto: la novela es un género que gana por knock-out: bloquea toda posibilidad de pensar en otra cosa que no sea ella. Nada parecido sucede en los libros de cuentos.

Por brillante que sea el libro (digamos, Ficciones o Bestiario), siempre nos parecerá que hay algunos mejores que otros; y que no hay vuelta, viejo, a nadie puede parecerle mejor “La secta del Fénix” que “La muerte y la brújula”.

Así las cosas, los cuentos ganan la pelea por puntos: es en la trabajosa comparación donde un cuento, dentro de un conjunto de cuentos, se yergue como el mejor. Y es que el libro de cuentos es siempre un rejunte (aunque el escritor lo haya compilado, aunque se nos diga que fue escrito como una unidad, etc.).

Es el lugar en el que las constricciones materiales de la literatura se hacen evidentes.

Es posible olvidar, en una novela, que estamos leyendo un libro, un objeto sujeto a los intercambios económicos, una cosa entre las cosas.

Un libro de cuentos, en cambio, siempre nos recuerda la condición material de nuestra lectura.

Así, en los márgenes, en aquello que no se da a leer, que permanece resistente a la lectura literaria (pero no a la literatura) el libro de cuentos exhibe la tensión que implica la literatura moderna.

Los índices, los blancos que pautan el intervalo entre los textos, los títulos: espacios en los que se exhibe la fricción entre la fuerza centrífuga de la escritura y la fuerza centrípeta del libro.

De ambas fuerzas, cómo ignorarlo, se nutre nuestra lectura.

Ezequiel De Rosso