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Número 49

Circa
Paseando el perro

Aquella ciudad, cuyo nombre secreto era Circa, orgullosa de su barrio militar y agradecida de los sacerdotes que se desvelaban por la virginidad de sus hijas adolescentes y conducían a sus hijos por un camino recto, parecia ajena a la creciente agitación del país. El barrio militar, en un perímetro de alrededor de dos manzanas, estaba formado por casitas con techos a dos aguas revestidos con tejas coloradas que al atardecer brillaban con los últimos rayos del sol.

Los militares no se dejaban ver por el barrio pero sus mujeres y sus hijas eran conocidas en las tiendas y el mercado donde cada día aprovisionaban sus casas.

Alguna vez, decían los mayores, uno de ellos mató a su mujer infiel y se pegó un tiro.

Y nada más. Sus hijas nadaban por la tarde en las instalaciones del Club Social mientras sus hermanos seducían a las hijas de los médicos y los comerciantes, con perfiles estudiados y miradas de hombres ardientes, recostados al borde del agua. Amanda aceptó ir conmigo a la ciudad de mi infancia.

Lo hicimos en tren y fuimos apedreados en una curva según el uso actual del acoso suburbano.

Era una rutina, las ventanillas se bajaban y las piedras sonaban contra las ventanas de aluminio, como lluvia torrencial. Al llegar me encontré con un antiguo seguidor de Frondizi que sabía lo que pasaba.

Me dijo que Peter se mantuvo al margen del accionar militar a partir de 1976, que nada tenía que ver con la veintena de nombres que – restablecida la democracia – fueron reconocidos como desaparecidos.

Eran nombres que estaban en una placa en la Plaza San Martín.

Anoté a uno por uno, conocía a varios.

No pude con mi tendencia a correlacionar algunas cosas: las plazas estaban cuidadas, iluminadas en diferentes puntos de la ciudad: menos la que siempre fue la Plaza Principal, donde estaba la placa de los desparecidos.

No pude creer que fuera una “casualidad”, ni una “causalidad”: era una realidad efectiva.

Por supuesto, Amanda quiso discutir sobre eso, como sobre cualquier cosa.

Tuve que decirle que hiciera lo suyo, que se burlara de este modo de razonar, pero que de ninguna manera lograría borrar lo que ya estaba registrado: la Plaza San Martín, con la placa que tenía los nombres de los desaparecidos, aunque estaba frente a la Iglesia Principal y el colegio Nacional, era la de los bancos rotos, con falta de iluminación y un abandono ostensible. Algunos de los desaparecidos habían sido católicos que pasaron a la política molestos por la parodia de la liturgia cristiana ensayada por Perón y por Eva que, según decía su modisto, en España se presentó a Franco vestida como la Virgen de Luján.

Pero otros habían juntado a militares, obispos y católicos en una versión del peronismo que iba a redimir – sí, redimir – a la patria.

Como la guerra cristera de los mexicanos, contada por Graham Greene en El poder y la gloria. Amanda consideraba que estas cosas eran secundarias, juegos internos de un mismo sistema.

En fin, cosas de la burguesía.

Presente sin tiempo Amanda, que había pasado por las mismas cosas diez años después, parecía querer olvidar o bien guardar un recuerdo sin fisura. Se molestaba por las conjeturas, por las preguntas, por escuchar nombres que ahora eran insignificantes.

No se podía discutir, además no tenía importancia.

Si no me equivoco, era algo con el subjuntivo que no puede refugiarse siempre en el presente del plural.

Le gustaba preguntar a quien le interesa.

Quien puede interesarse por aquellas tonterías; cuando era evidente que el interesado era quien estaba diciendo algo sobre el asunto.

La pregunta sería: ¿a quién le interesa gente que se interesa por eso?.

A nadie.

Pero la verdad es que tampoco nadie dijo que este juego se llama lo que a Ud.

le interesa.

Es más nadie dijo que sea un juego con el interés y los intereses, cuando está claro que se trata de un juego con las pasiones, pasiones muertas cuyas cenizas velan los ojos de los pocos que tienen algún recuerdo sobre aquello. Amanda, como tantas mujeres, supo que ser deseada es poder elegir cada vez al hombre, que ser amada protege de otras.

Y, también como esas otras, se convenció que sólo un padre puede garantizar algo de eso.

Pero los otros, existen.

Y pueden olvidarse de algún deseo y pueden terminar con algún amor.

Germán García