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Número 48

El otro (zombi)
Bibliotecario

El Otro (zombi) Por Jorge Luis Borges El hecho ocurrió el mes de febrero de 1969, al norte de Boston, en Cambridge.

No lo escribí inmediatamente porque mi primer propósito fue olvidarlo, para no perder la razón.

Ahora, en 2010, pienso que si lo escribo, los otros lo leerán como un cuento y, con los años, lo será tal vez para mí.

Sé que fue casi atroz mientras duró y más aún durante las desveladas noches que lo siguieron.

Ello no significa que su relato pueda conmover a un tercero. Serían las diez de la mañana.

Yo estaba recostado en un banco, frente al río Charles.

A unos quinientos metros a mi derecha había un alto edificio, cuyo nombre no supe nunca.

El agua gris acarreaba largos trozos de hielo.

Inevitablemente, el río hizo que yo pensara en el tiempo.

La milenaria imagen de Heráclito.

Yo había dormido bien, mi clase de la tarde anterior había logrado, creo, interesar a los alumnos.

No había un alma a la vista.

Sentí de golpe la impresión (que según los psicólogos corresponde a los estados de fatiga) de haber vivido ya aquel momento.

En la otra punta de mi banco alguien se había sentado.

Yo hubiera preferido estar solo, pero no quise levantarme enseguida, para no mostrarme incivil.

El otro se había puesto a silbar.

Fue entonces cuando ocurrió la primera de las muchas zozobras de esa mañana.

Lo que silbaba, lo que trataba de silbar (nunca he sido muy entonado), era el estilo criollo de La tapera de Elías Regules.

Luego vinieron las palabras.

Eran las de la décima del principio.

Reconocí la voz con horror.

Me le acerqué y le dije: -Señor, ¿usted es oriental o argentino? -Argentino, pero desde el catorce vivo en Ginebra -fue la contestación. Hubo un silencio largo.

Le pregunté: -¿En el número diecisiete de Malagnou, frente a la iglesia rusa? Me contestó que si. -En tal caso -le dije resueltamente- usted se llama Jorge Luis Borges.

Yo también soy Jorge Luis Borges.

Estamos en 1969, en la ciudad de Cambridge.

Sí, ese muchacho era el Borges que yo fui hace muchos años pero mi descubrimiento no fue el único horror que me tocaría vivir.

Unos metros atrás de él yacía, en una veredita frente al río, otro cuerpo, igual al nuestro, al del otro Borges y yo, pero sumamente desmejorado, pálido, en pocas palabras: muerto.

Mi asombro fue todavía mayor del que se pueda contar cuando observé que el cadáver movía la mano e intentaba incorporarse.

Pocos segundos después nuestro zombi se acercaba al banco que compartíamos con el muchacho Borges.

Aprovechando la inexperiencia y, por qué no, la distracción del joven y con una excusa que ahora mismo no recuerdo, abandoné lo más rápido que me fue posible el banco frente al río.

Supongo que entre el joven y el muerto se habrá producido una lucha mortal, por lo menos para uno de los dos.

Ningún remordimiento me persigue.

El muchacho estaba mejor preparado que yo para enfrentar al zombi.

Además su vida (la del muchacho) ya la había vivido yo por él.

Casi siempre tengo la impresión que con un solo Borges basta y sobra. Versión zombi de Roberto Gárriz

Roberto Gárriz