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Número 48

La tierra infértil de Olivares

Las hectáreas que pertenecían al señor Olivares se encontraban más allá de la ciudad de Mercedes.

Un camino de tierra orillado por árboles, que se aclaraba a un costado de la ruta, llevaba a su campo.

La vida sedentaria, la muerte de su esposa y la paciencia de la soledad, lo habían doblegado lo suficiente para no querer más nada que esa porción de tierra.

Mi tío fue quien me lo presentó; pasaron tres meses para volver a saber de él.

Era un hombre de rostro firme y barba prominente.

Al estrechar su mano vi en ella el arduo trabajo de los años.

Su alejado hogar era una casa disminuida a rancho; una galería, una vieja cocina y dos perros que no dejaban de ladrar bastaban para su bienestar.

Miraba con ojos filosos, y su voz era severa, pero no dejaba de tener un aire hospitalario.

Recién cuando me senté en la galería descubrí que nada había crecido en todos esos metros de tierra húmeda.

-Así como lo ve, yo le digo que va a levantar, hágame caso con lo que digo. Su inesperada seguridad me dio gracia, pero no consideré apropiado sonreírle.

-¿Hay alguna fórmula? A la pregunta, el señor Olivares la respondió con un salto de ademán jovial, y entró a la casa sin decirme nada.

Volvió a su silla con el mismo fervor, pero traía en sus manos un jarrón de porcelana, con las figuras de unas flores.

-Acá tiene la fórmula- dijo, enseñándome con los ojos el jarrón. Después volvió su vista a la tierra muerta que se abría frente a nosotros.

Arriba, la tarde holgazana declinaba pacientemente.

Los árboles cubrían la ruta, y formaban siluetas de oro entre sus sombras.

Me invitó a caminar con él; bajamos las escaleras y nos dirigimos a los cultivos.

Mientras caminábamos abrió el jarrón y miró a su interior. -Acá está mi esposa, Elsa- dijo con voz suave y desprendida.

-¿Sabe qué me dijo cuándo estaba moribunda, la pobrecita? Me dijo así: “Viejito, écheme a la soja cuando me muera, ya va a ver que le va a crecer”.

En su mano el jarrón parecía una cosa y no el depósito de un muerto.

Después, mientras caminábamos lentamente, comenzó a volcar las cenizas en la tierra, con la pantomima de un salero. -Ahí va Elsita- le escuché murmurar, pero no iba dirigido a mí. Aproveché para explicarle mis intenciones de instalarme en Mercedes y de instruirme en los labores del campo.

Olivares me escuchaba atentamente, pero no perdía la vista en la ceniza que se perdía en el viento.

Al otro día volví al campo de Olivares.

El hombre estaba rendido en el mismo lugar, sentado en la galería.

Los perros, recostados junto a él, comenzaron a ladrar cuando me vieron.

La tierra seguía desnuda como una injuria.

Volvimos hablar; ahora la confianza le permitía decir más cosas.

Hablamos de hechos baladíes; hablamos de la bendición de la lluvia, de mi tío, de cierto accidente que padeció en la juventud.

Ni una palabra de las cenizas de su esposa derramadas en la tierra seca.

José Ignacio Alonso