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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 48

La estación

El tren en el que viajaban los dos hombres de traje negro hacía un recorrido larguísimo, atravesaba la ciudad de una punta a la otra.

Ingenieros del otro siglo habían tendido las vías siguiendo meticulosamente la curvatura del horizonte.

Fueron arduas jornadas, trabajaron hasta la noche.

Todos o casi todos hicieron después su casa bien cerca para ver pasar el tren.

Y hubiera sido hermoso poder seguir viéndolo avanzar hacia el atardecer, cada vagón con su cantinela recortado sobre el cielo, formas oscuras sobre fondo naranja.

Naranja nube. Pero ya no se puede.

Han aparecido otros trenes alrededor, tangenciales, oblicuos, que saltan por encima de los puentes, rompen los caminos.

Han brotado infinitos edificios con sus altos muros de fantasmas y sus muchas ventanas.

El aire mismo ha engendrado un telón tras otro, apilando cegueras, provocándolas.

Así es que ya no se ve el tren de las seis y diez de la manera en que solía verse.

Pero no es que haya dejado de funcionar.

Al contrario, bastante bien funciona.

Se detiene en cada estación, como los otros, pero en una se queda más tiempo, cambia de vía (aunque es la misma, pero hay que ensamblarla distinto, torcerla, atornillarla de nuevo) y los pasajeros pueden bajar a comer y a tomar algo.

Algunos aprovechan para correr y chocar contra las paredes, tirarse del pelo o besarse.

Cerca del pasillo que da a los baños hay varias fotos de los ingenieros, se los recuerda además con olorosas placas de bronce donde figuran sus nombres y la fecha de finalización de la obra.

Están en camiseta, con gorras abultadas y se ríen porque los fotografiaron así como estaban.

Uno de ellos está posando con su hijita. Los hombres de traje negro se sirven un trago.

Están pensando de qué hablarán cuando vuelvan a subir.

Tal vez hablen de las fotos.

No estaría mal.

Nora Martinez