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Número 47

El matadero zombi

de Esteban Echeverría Diré solamente que los sucesos de mi narración, pasaban por los años de Cristo del 183...

Estábamos, a más, en cuaresma, época en que escasea la carne en Buenos Aires.

Los abastecedores, por otra parte, buenos federales, y por lo mismo buenos católicos, sólo traen en días cuaresmales al matadero, los novillos necesarios para el sustento de los niños y de los enfermos. Sucedió, pues, en aquel tiempo, una lluvia muy copiosa.

Los caminos se anegaron; los pantanos se pusieron a nado y las calles de entrada y salida a la ciudad rebosaban en acuoso barro.

Todo ello demoró la entrada de ganado para satisfacer las necesidades de los pobladores de la ciudad.

El aluvión de agua persistía, los vegetales y el pescado aumentaban sus precios día tras día y los buenos federales rezaban al Restaurador y rogaban a Dios que interviniera para solucionar el problema del vacío en sus estómagos. Los zombis que habitualmente se alimentaban de los deshechos que les dejaban los perros que merodeaban al matadero, comenzaron a inquietarse.

Y ya se sabe que los “vueltos a la vida” no son gente que se deje engañar con facilidad. El decimosexto día de la carestía, víspera del día de Dolores, entró a nado por el paso de Burgos al matadero del Alto una tropa de cincuenta novillos gordos; cosa poca por cierto para una población acostumbrada a consumir diariamente de 250 a 300.

Ese mismo día se faenaron entre las risotadas de los carniceros que volvían al trabajo después de tanto tiempo. Acertó a pasar por allí un jinete, todavía con las pistolas humeantes por haberlas utilizado en una escaramuza con zombis no lejos de allí.

El jinete llevaba la patilla en forma de U y no llevaba luto en el sombrero. Un carnicero gritó: -¡Allí viene un unitario! -y al oír tan significativa palabra toda aquella chusma se detuvo como herida de una impresión subitánea. -Perro unitario.

-Es un cajetilla.

-Monta en silla como los gringos.

-La mazorca con él -¡La tijera! -Es preciso sobarlo.

Toda aquella chusma cayó en tropel sobre la víctima como los caranchos rapaces sobre la osamenta de un buey devorado por el tigre sin darle tiempo a explicarles que los zombis lo perseguían.

Los federales lo llevaron a la casilla destinada al juez del matadero y lo pusieron sobre una mesa, mientras el unitario se debatía infructuosamente para librarse de las manos que lo apresaban. Inmediatamente quedó atado en cruz y empezaron la obra de desnudarlo. Entonces un torrente de sangre brotó borbolloneando de la boca y las narices del joven, y extendiéndose empezó a caer a chorros por entrambos lados de la mesa.

Los verdugos quedaron inmóviles y los espectadores estupefactos. -Reventó de rabia el salvaje unitario -dijo uno. Todo esto sucedía dentro de la casilla, sin que ninguno notara que los zombis habían ingresado y buscaban carne fresca de humano, la que más les gusta.

La casilla se transformó en una trampa macabra.

Uno a uno los carniceros fueron destripados, eviscerados, sirviendo sus partes interiores como manjar de los no muertos que arrojaron los huesos del unitario y de los federales a los perros.

Luego determinaron que el horario de entrada de ganado sería en últimas horas de la noche, más acorde con sus hábitos, y es bien sabido que manchados de sangre y perfectamente alimentados, esos zombis han sobre-sobrevivido confundidos con los carniceros federales por generaciones.

versión zombi de Roberto Gárriz

Roberto Gárriz