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Número 47

Cuento chino

Cuento chino A las ocho de la noche de un miércoles de mayo, lo que tengo a la vista son las letras invertidas del ventanal que separa la presentación de un libro -que se está haciendo de este lado de ese vidrio- de la vereda de la calle Rivadavia al 600.

Por esa veredita, donde todavía Rivadavia es angosta como cualquier otra calle, de vez en cuando pasan algunos transeúntes que miran un poco extrañados la escena que no se corresponde con el rubro del comercio.

Es el Chino Central, y se supone que adentro debería haber mesas distribuidas por el salón y gente comiendo chau fan o algo así, en lugar de tres tipos sentados frente a una atenta audiencia que se ríe o aplaude de vez en cuando.

Si alguno de esos curiosos tuviera entrenamiento en aprovecharse de eventos a los cuales no está invitado, o si pudiera ver que detrás de esa gente hay una mesa que espera con vino y empanaditas chinas, podría tentarse, entrar y escuchar a los tres tipos y de paso llevarse el libro del que están hablando.

Pero como el lugar está lleno, desde la vereda probablemente solo puedan verse las nucas de los tres tipos y los transeúntes se van a perder de esta mezcla entre amistad y escritura que se está poniendo en acto, hablando bien del autor -la cabeza con rulos- pero sin decírselo de manera demasiado directa, y acordándose de la neurosis que hubo que aguantarle y del placer y la exigencia de leer sus cuentos cuando no estaban terminados y no eran lo que son ahora.

De este lado del vidrio, es mucho más fácil advertir semejante declaración de fraternidad y darse cuenta además de que los tres muchachos abordan el género “presentación de libro” con una elegancia envidiable y con la ligereza de los que escriben en serio pero sin tomarse insoportablemente en serio a sí mismos.

Mientras a fuerza de inteligencia y humor ellos consiguen despertar el entusiasmo de la audiencia por leer los cuentos por los que fuimos invitados y dejan ver el afecto que sienten por la cabeza con rulos, me dejan en paz para estar sentada en la primera fila, contenta como perro con dos colas.

Mientras pienso que los que pasan caminando por la vereda no saben lo que se pierden, algo de la elegancia de las tres nucas se me contagia lo suficiente como para que mi impulso de groupie no me lleve a abrazarlos en medio de la presentación, despeinarlos a todos, contar anécdotas que solo me importan a mí y comprar todos los libros.

En cambio, me saco unas fotos, me como unas empanaditas, me tomo una copa de vino y me voy contentísima con mi ejemplar dedicado y la convicción de que mi buena conducta va a permitir que me inviten a las presentaciones que se vienen. condominio de Max Gurian se consigue en elfindelanoche.com.ar Conciencia y estructura de Oscar Masotta con Prólogo de Diego Peller en Eterna Cadencia La comemadre de Ezequiel Larraquy en Entropía (desde agosto de 2010)

María Martha Gigena