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Número 47

Algunos dones (escrito al despertar)
Fiat

Los libros de Henry Miller acompañaron la intemperie de los primeros años en Buenos Aires y afirmaron mi decisión de escribir; El Proceso de Kafka dió letra al desvelo de mis noches sin sueño y Ferdidurke, de Gombrowicz, me descubrió que la risa absoluta puede acompañar la soledad.

Admiré los diálogos de Margarete Duras, la prosa de Natalie Sarraute, las aventuras de Violette Leduc y aquellas divertidas escenas del erotismo cómico de Erica Jones.

Me hubiese gustado escribir ciertas páginas de La vida breve de Onetti, algunos cuentos de Roberto Arlt y aprender sin imitar la prosa de Borges.

Me asombré del vocabulario de Alejo Carpentier, de la destreza de García Márquez y de la inolvidable Rayuela de Julio Cortazar que fue una fiesta y una liberación.

Faulkner y Carson McCullers fueron la entrada en una serie de maravillas traducidas del inglés donde siempre recordaré El camino del tabaco de Calwell y, para decirlo todo, nunca saldré del planeta Joyce (ni de Saúl Bellow).

Cada tanto la memoria me devuelve versos de César Vallejo, con la misma familiaridad de algunas frases de tango, con una emoción parecida a la que me producen los poetas italianos de la época en que leía a Pavese y tantos otros. La lectura de Proust fue un recorrido con diversas paradas en varios años que me dieron la certeza de que El tiempo recobrado es la clave de la literatura francesa del siglo XX; sin excluir Viaje al fin de la noche de Celine y sus versiones depuradas de algunos posteriores que sólo separaron su talento de su locura política. La filosofía siempre me gustó como a otros les gustan los crucigramas: es el arte de inventar preguntas para respuestas previas, de inventar abismos verbales sobre los que se puede bailar sin preocuparse, con un aire de seriedad digno de mejor objeto. La literatura política que comenzó con el sentido de justicia, aparecido con mi entrada en la vida, siempre me sublevó por su costumbre de cobrar antes lo que realizará mañana.

En cuanto al psicoanálisis; me dió un lugar en la vida, un lugar en el infierno donde algo se puede entrever – contra el discurso común – de lo que cada vida tiene de inquietante y el límite de cualquier interpretación (empezando por las del psicoanálisis mismo).

Cuando más la imbecilidad ataca la memoria y los fulgurantes hallazgos de Sigmund Freud o Jacques Lacan, más los quiero y los respeto.

Incluso por opacidades y contradicciones.

Lo mismo vale para Macedonio Fernández. Como se ha vuelto evidente en lo anterior, no siempre la lectura enseña a escribir.

Germán García