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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 47

El tren

En la estación todo es quietud.

A la hora de la siesta, el tren que espera parece más pesado.

¿Cuántas toneladas de hierro descansan sobre los rieles? Ensanchado por el sol que lo aplasta y por la natural dilatación de lo inmóvil, el tren reposa tumbado. Ella entra corriendo.

Va con los taquitos tac, tac, tac.

Frena, levanta la pantorrilla hacia atrás, despega de la suela un caramelo.

Acelera un poco más.

¿Cuánto falta para que arranque? Llega tarde.

Tac, tac, tac, tac.

Casi se cae del andén.

Gira, vuelve sobre sus pasos.

Justo hoy que está apurada.

Las puertas siguen cerradas.

Elige una y decide ser la primera en una cola inexistente.

Bufa ella indignada, bufa el tren.

Saca unos documentos de la cartera, los ojea.

Se apoya en una pierna, se apoya en la otra y levanta la punta del pie contrario.

Pasó un segundo.

Apoya la punta y levanta el talón, que ahora sube y baja en el lugar.

Tac, tac, tac.

No va a llegar a horario.

No llega.

Ya tendría que estar arriba, si no, no va a llegar. Como desperezándose, se separan las puertas del tren que exhala un aliento tibio porque el sol le da de lleno desde hace horas.

Pffff, bufa la máquina otra vez y crujen los hierros cuando una brisa fresca se abre paso entre los asientos.

El andén está casi vacío, domina la escena un perro que dormía pero que recién abrió los ojos, dio una vuelta en el lugar y volvió a recostarse.

Y también hay una señora, delgadísima, altísima, que se mueve como un mosquito porque tiene miedo de no llegar. Fiuuum, entra volando al vagón, se toma de un pasamano, duda.

Elije la ventanilla.

Se sienta, se saca el abrigo, se acomoda el pelo.

Mira el reloj del andén.

No llega.

Si arrancara ya mismo (¡ya!) tal vez.

Levanta un brazo para hacer bajar la manga.

Chequea la hora.

Saca un espejo de la cartera.

Se mira brevemente y se asoma por la ventanilla.

El maquinista charla con un guarda y se ríe.

Ella junta las rodillas y contrae las piernas.

No puede engañarse: es demasiado tarde.

Suena el silbato.

La mujer se hincha de aire, aprieta los ojos y tira la cabeza hacia atrás.

Por fin se cierran las puertas. Despacio, despacio, avanza la locomotora; rechinan los durmientes.

Se tensa la unión con el primer vagón y todas las ruedas empiezan a girar.

Demasiado lento al principio, pasa un árbol, un alambrado y el paisaje se va deformando hasta que es casi líneas.

El traqueteo alcanza un ritmo acelerado y monótono.

El viento que entra por las ventanillas abiertas da una idea de que esa será la máxima velocidad.

Corre el tren. El torso de la mujer sube y baja apenas centímetros y su cabeza pendula levemente.

El viento la despeina y el espejo no tiene sentido, así que lo guarda.

Se relaja y le pesa el cuerpo porque el zarandeo y el poco de sol que le da en la frente la adormecieron.

Va a llegar tarde pero para qué insistir con ese pensamiento.

Por algo será que perdió todo, algo habré hecho para dejarla sola, para impedirle llegar a horario.

Eso me inquieta pero, qué paradoja, ella está serena, viajando al encuentro de nadie, sabiendo que nada puede hacer.

Yanina Bouche