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Número 46

Los viajantes

Los viajantes Viajaban dos hombres de traje negro, uno frente al otro, en el tren de las seis y diez.

De cuerpos pequeños pero de consistencia algo fornida, los trajes les quedaban un poco ajustados. Conversaban usando oraciones cortas y no se miraban a la cara todo el tiempo.

De repente les llamaba la atención algo que acababa de pasar por la ventanilla, y si el tren estaba llegando a la próxima estación esperaban con los cuellos doblados hasta que lo de afuera se volvía irrelevante.

La máquina retomaba la marcha con fuerza creciente y una sedosa vibración les masajeaba los músculos del abdomen a la altura del estómago, de modo que al encontrarse repentinamente estimulados, y mientras duraba esa sensación, dejaban de comunicarse.

Porque aunque no lo consideraran un acto voluntario, lo suponían inapropiado y se obligaban a entornar los ojos, a bajar un poco la cabeza. Poniéndose una mano en el corazón, sinceramente, no había nada que quisieran compartir.

Cuando la velocidad recobraba su ritmo estable volvían a ese diálogo tironeado, mirándose cada tanto los sombreros: el de uno era de ala bastante ancha, el del otro no tanto.

No hacía mucho frío en el vagón, pero a los dos les interesaba que si alguien entraba cerrara la puerta.

Se lo hacían saber con giros del torso y miradas, de sigilosa furia uno, y el otro con furia cordial. La iluminación, altísima y pobre, dibujaba breves sombras en uno y otro rostro, sobre los pómulos, debajo de los labios; breves y diferentes sombras que oscilaban con la pronunciación de las palabras. Aunque a primera vista se parecían mucho, eran bien distintos.

Sin embargo, el atardecer ardía en el invierno, y hacia allí iban los dos.

Nora Martinez