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Número 6

Contra el hastío del estío

Odio el verano.

Me molestan el calor, los mosquitos, la programación televisiva, el vacío teatral, la paupérrima oferta cinematográfica, los escándalos de bordereaux de la revista marplatense y la suspensión de las actividades cotidianas.

Me aburre tener tiempo y no saber qué hacer con él.

Y para colmo de males, tengo que encontrar un tema para hacer esta columna.

¿De qué hablar cuando no pasa nada? ¿De las últimas tendencias en la Costa Atlántica? ¿De lo caro que está todo en los lugares de veraneo? ¿De que no hay nada más para hacer en Buenos Aires que ir al Planetario a buscar “actitud” o pudrirse frente a la tele viendo cómo vegetan 20 personas? ¡Qué difícil es hallar la punta del ovillo de la escritura y hacerla fluir! Claro que una forma elegante de sortear el escollo es eludir la palabra propia para hablar de la ajena.

Así es que voy a pasar a comentar algunas de mis lecturas del verano.

En las febriles 48 horas que pasé cerca del mar, me sumergí en el mundo de Basilio Bartel, el protagonista de la novela Leer y escribir (cuya autoría le pertenece al padre del Ponchi, alias Ariel Bermani).

De prosa ágil, el texto no pierde nunca la hondura en la narración del pasaje que es -sin más- el aprendizaje de Bartel, un oscuro bibliotecario de vida “desapasionada y rutinaria”. En pleno trance lectofílico, me armé de coraje y enfrenté con bravura las 551 páginas que Alan Pauls necesitó para contar El pasado.

Este relato es la novela “de educación sentimental” en la que Rímini -el personaje en torno del cual se articula la historia-, lejos del cándido exponente flaubertiano, se nos presenta como un descarnado ser posmoderno enfrentado al vacío de un presente yermo en el que lo único que hay son restos de ese pasado que se hace presente de manera constante como amenaza. Bermani y Pauls hacen -cada uno a su manera- lo que Balzac en el siglo XIX: un recorte de la realidad que convierten en ficción, una comedia humana en la que al menos por momentos podemos vernos reflejados. Pero, irremediablemente, muchas veces el control remoto está más cerca que la biblioteca (y no descubro ningún secreto si afirmo que levantarnos de la cama durante la época estival puede significar todo un sacrificio).

Tal vez por esta razón la gente opta por elegir la ficción travestida de realidad y se conforma - hipnotizada frente a la pantalla- con el desfile bobo de un homosexual reprimido, una stripper arrepentida, una virgen treintañera y algunos otros ejemplares de la fauna de ignotos y anónimos seres humanos que no tienen absolutamente nada interesante que ofrecer. A esta altura intuyo dos cosas: que Honoré u Honorato de Balzac jamás sufrió un verano agobiante como el que nos toca a nosotros en suerte, además de contar con la ventaja de no haber tenido tele… quién sabe si de otra manera no hubiera terminado encerrando a una prostituta, a un tío incestuoso y a otros personajes de baja estofa en algún circo periférico del París del siglo XIX.

Y, por cierto, que Bermani y Pauls jamás encontraron las pilas del control remoto.

Vanesa Pafundo