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Número 46

La obsesión

A Osvaldo le gusta jugar.

Es un viejo ya, pero le gusta jugar más incluso que cuando era chico, si es que cuando era chico jugaba.

Osvaldo anota todo, anota cuándo compra las cosas, cuándo se vencen los alimentos, cada vez que cobra la jubilación y los gastos (hasta el más nimio), los nacimientos y las muertes, y guarda cartas, dibujitos hechos al pasar por algún conocido y papeles representativos de bautismos, casamientos, viajes, navidades, cualquier cosa.

Todo lo agrupa, lo encuaderna, lo apila, lo acomoda.

Los objetos de su casa tienen estampado, en alguna parte, el día de la adquisición: la mesa, 02/02/83; el arroz, 23/01/09; una camisa, 12/10/05.

Y lleva también una libretita que es una especie de inventario donde además del día de la compra apunta, llegado el caso, la fecha de defunción del bien.

Esos son sus tesoros y los archiva en el escritorio, una salita que parece una oficina antigua, con máquina de escribir, papeles de varios tamaños, sellos, abrochadora, agujereadora, lápices, lapiceras y todo lo necesario para trabajar, o mejor dicho jugar a trabajar. En un enorme cuaderno toma nota de todos los detalles de cada uno de los impuestos que abona para después sacar promedios o hacer extrañas relaciones entre lo consumido y la fecha de vencimiento, o esta y el monto de la factura, o la fecha del segundo vencimiento y los nombres de los niños perdidos que aparecen al dorso.

Osvaldo sabe que en su casa un kilo de harina puede durar más que una silla y que el sello “no a la orden” tarda más en secarse que el que dice “urgente”.

Sabe que a un paquete de fideos moñitos lo consume en unos tres meses y que nunca debe faltar Nesquick en su alacena. Tanto como es de ordenado y prolijo es de medido en sus palabras.

Nunca jamás se lo vio enojado o de mal humor, ni siquiera cuando salía de su casa cada mañana, a las 7.30 -ni un minuto más-, rumbo a la oficina donde trabajaba como administrativo contable a las órdenes de un jefe mucho más joven que él que solía maltratarlo.

Cierto es que tampoco se lo ve sonreír a menudo, y mucho menos reírse a carcajadas, pero esas no son actitudes que se condigan con un hombre tan religioso, que desde hace 20 años asiste a misa cada domingo, así que ese detalle de Osvaldo, a esta altura, a nadie le llama la atención. Tampoco va a llamar la atención que dentro de un rato, como todas las tardes, después de cerrar uno de los cuadernos donde hace sus anotaciones y cotejar que los últimos productos comprados tengan la fecha estampada como corresponde, salga a la puerta de su casa, mire a las nenas que saltan la soga e invite a pasar a una o dos, para mirarlas jugar y tal vez, si puede, jugar con ellas.

Yanina Bouche