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Número 46

Betolakodók

Fui a cubrir el Festival de Cine Independiente para el diario.

Me dieron un cupón para canjear en boletería, una sinopsis de la película que tenía que comentar y una invitación especial para la charla abierta que el director ofrecería después de la proyección. La fila frente a la boletería era una serpiente dislocada e infinita.

Mientras maldecía mi suerte eché una mirada a la sinopsis.

“Betolakodók, invasores del espacio exterior” era el título de la película.

Orígen: Hungría, duración 97 minutos, director: Tamás Forgács.

Leí a los saltos “seres de otras galaxias que se refugian en un asentamiento gitano, sus problemas para la integración y la amenaza permanente de la…” no sé qué cosa más. En principio porque detesto hacer filas y luego porque las películas de extraterrestres me parecen todas iguales, decidí utilizar un par de fichas del local de juegos que se encuentra en otro piso del shopping y desafiar al Indianápolis Special Nocturno hasta que terminara la película.

Después me dirigí a la sala donde se realizaría la charla abierta.

Mucho joven de peinado raro, mucha gafa rigurosamente diseñada, mucho Palermo y acaso poca ducha para mi gusto.

El director de la película, una traductora y un moderador se habían sentado detrás de un mostrador que tenía pintado el logo del Festival y el escudo de la Ciudad de Buenos Aires.

Enseguida empezaron las preguntas.

El micrófono de la traductora funcionaba mal y la traducción se iba perdiendo.

En la primera fila dos jóvenes vestidos íntegramente de negro se besaban, en la tercera fila una rubia escondía un cigarrillo que fumaba parapetándose con el respaldo de adelante.

Unas plateas más allá dos petisos de unos treinta centímetros de alto, con cabezas anaranjadas y perfectamente cuadradas seguían con atención las respuestas del director parados en los asientos.

Llevaban en sus manitos unos libros de poesía de esos que los propios autores ofrecen a la venta en la entrada de los cines y de los teatros.

Las preguntas y respuestas fueron las clásicas de los festivales independientes, acerca de las imposibilidades económicas para filmar, de la falta de apoyo oficial, también se reivindicó la libertad de elegir temas sin condicionamientos.

Se destacó la necesidad de hacer cosas con el material disponible, con lo que tenemos aquí y ahora, de rebuscárselas, ante la falta de recursos con mayor imaginación y actores no profesionales para contar las historias. Esas charlas abiertas son todas iguales, el que vio una vio todas.

Salí con la crónica esbozada, solamente tenía que llegar a casa y pasarla en la computadora.

Roberto Gárriz