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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 46

El búnker

A Rainer le gustaban las bailarinas árabes y les daba dinero, pero aclaraba que jamás pagaría por sexo – lo que no era verdad, yo lo sabía – aunque la ansiedad le resultara insoportable.

Conocía diversos lugares donde había bailarinas, conocía el nombre de algunas de ellas.

Nunca logró seducir una; eran mujeres que contaban el dinero que le ponían en una liga, en el escote, mientras dirigían una sonrisa neutra al cliente que se había demorado en poner lo suyo. Rainer, por el estilo y el porte, podía conseguir mujeres con facilidad.

Pero no lo aprovechaba por que, me parecía, había algo relacionado con el dominio: no estaba dispuesto a cambiar nada de su vida, no tenía interés en lo que una mujer pudiera decir sobre nada.

No era como San Agustin, que pensaba que Dios hablaba por boca de una mujer, su madre. Cuando salíamos juntos le decía, para divertirlo, que me llevaba de contraste, para que las mujeres entendieran a quién tenían que dirigir sus monerías. Se reía, pero no le daba importancia.

Íbamos a la confitería Richmond; yo buscaba la manera de mirar las mujeres que pasaban por Florida, a Rainer le daba lo mismo sentarse de espalda a la calle. Sus escarceos con Magda, me parece, eran parte de la facilidad.

Estoy seguro de que entre ellos ocurría lo que se le antojaba; por algo era la hija de una mujer subordinada a su tío, por algo lo trataba frente a los demás como si no fuese un amigo, sino un superior. Las bailarinas árabes eran lo opuesto, eran ellas quienes dominaban el juego y, uno podía presentir, en algún lugar del salón estaba el hombre que la protegería llegado el caso. La noche del sábado doce de agosto, en el festejo burlesco por la democracia que habíamos improvisado, yo iba acompañado por Nicol, una amiga de El farolito que gustaba de las situaciones nebulosas donde no sabía - según decía ella – como terminaría la noche.

La verdad es que desde que nos conocíamos que se sabía, pero a ella le gustaba así.

Esa noche iba sentada sobre mis rodillas, con un vestido sin mangas y algo para cubrirse.

Yo reposaba mi cabeza junto a su cuello, olía el perfume de su cuerpo y recordaba, como cada uno, La dolce vita que organizaba los diversos libretos de la noche de Buenos Aires. Algunos amigos de Javier, estarían en algún lado hipnotizados por filmes de acción referidos a la liberación de pueblos oprimidos.

No fueron nunca a Zombie para no ser un rebaño, pero se dejaban llevar por las historias que le contaban en el zotano de una iglesia unos sacerdotes que como el Padre Meinvielle o Jordán Bruno Genta, incitaban a la acción directa. Dentro de unos días, en alguna reunión de el Bunker terminaría el chiste y cada uno se iría por su lado (Nicol se sacudió, su cabello me acarició una mejilla). Estaba seguro de que Rainer lo consultaría con Peter, quién le recomendaría hacerse a un lado.

Pero Javier haría lo posible por convencerlo de lo contrario, de que recién empezaba algo que cambiaría la vida de cada uno y al conjunto del país.

Y, así fue, antes de que terminara el mes de agosto un asalto al Policlínico Bancario mostraría a la prensa que había audacia y sangre fría, ganas de matar y de morir.

Javier estaba seguro, aquella noche actúo como si estuviera al tanto de lo que ocurriría poco después.

No fue así para Rainer, más pendiente de su amiga; al menos tan pendiente como yo lo estaba de Nicol, que bebía en cada lugar donde entrábamos. Javier, a la inversa, jugaba a despedirse: provocaba, buscaba pelea, se dirigía a los otros como a pobres tipos entretenidos por unas bobas que eran intercambiables, con la misma cabeza, los mismos peinados y el mismo parloteo.

Germán García