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Número 45

El orden final

Si, como suele decirse, el cine nos ha enseñado qué es el amor (y luego uno, miserablemente, va y ama como puede), también podríamos decir que el cine nos ha enseñado cómo es la muerte.

De entre los múltiples rasgos de la muerte que nos ha mostrado el cine, la historia del cine de terror sugiere que tras la muerte violenta, a la larga, se esconde la humanidad: algún tipo de fuerza antropomórfica guía al mal.

Vampiros, hombres lobos, asesinos en serie, fantasmas, monstruos de tres ojos: el género, como occidente en general, tiende a antropomorfizar la muerte.

Y aun si no es posible negociar con estas fuerzas, les da un rostro humano, lo que supone, al menos, que es posible enfrentarlos y, aun si no nos responden, pedirles clemencia (esa demanda, rostros bañados en lágrimas, voz crispada, es una de las marcas del género).

En este registro el mal tiene rostro, es individual y puede, por lo tanto, ser eliminado si se elimina al individuo que porta la maldad y la muerte. Pero todo eso cambia con la aparición de los zombies en La noche de los muertos vivos, de 1968.

En esa película los zombies, aunque todavía parecen humanos (a diferencia de monstruos anteriores los zombies cargan los restos de su cotidiana humanidad), son una masa y de ese hecho derivan su potencia letal.

Para decirlo rápidamente, un zombi solo no es nunca un peligro: es lento, torpe, no tiene ninguna inteligencia.

Es sencillo eliminarlo.

El peligro verdadero del zombi está en la masa, en el hecho de que ya no son una subjetividad, ya no tienen una intención, ya nada puede negociarse.

Son, en verdad una fuerza abstracta, que avanza sin detenerse nunca.

En este sentido, en los zombies en esa película hay un atisbo de lo incomprensible del universo y de la muerte.

No parece casualidad entonces, que la película se haya estrenado el mismo año que 2001: odisea del espacio, otra película que sugería que el universo es incomprensible. La potencia profundamente antihumanista de La noche de los muertos vivos y de todas sus secuelas (pero no de todas sus imitaciones) es llevada a sus extremos en la saga de Destino final.

En efecto, en Destino final, la muerte no tiene forma, no puede encarnar en ningún sujeto, ni humano ni sobrenatural; es, simplemente, un orden que lleva adelante la trama, y que siempre triunfa. El punto en que esto es más evidente es en Destino final 4, en la que uno de los personajes destinados a morir (notablemente, un hombre mayor que los jóvenes protagonistas) decide suicidarse antes de que la muerte lo alcance, pero no lo logra.

Y no lo logra, porque el procedimiento que ordena la trama de Destino final no es simplemente la muerte violenta, sino la revelación de un orden inalterable, que en nada se relaciona con la voluntad humana: no se la puede adelantar, no se la puede elegir.

En última instancia, no tiene sentido: no se relaciona con la culpa ni con la voluntad. Esa idea supone que el hombre y todos los mecanismos que ha instituido para entender el universo (entre ellos, la película de terror) es en última instancia un accidente en el tejido del universo, cuyo orden, en última instancia, no tiene nada que ver con las humanas ilusiones de ser el elegido de la creación.

Ezequiel De Rosso