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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 6

La playa

Llegamos el primero a la tarde.

Hacía mucho calor.

Nos recibieron, con unas gaseosas, los que iban a alquilarnos la casa por una quincena, esos ingenuos que no sabían realmente a qué se estaban exponiendo.

De todas maneras nuestra estadía no fue tan nociva, podrían haber ocurrido cosas peores.

No hubo incendios, ni grandes pérdidas materiales.

Sólo una vez tuvimos que llamar al plomero y su trabajo fue sencillo: una destapación rápida para sacar los juguetes que se habían atorado en el inodoro.

El Ponchi se controló bastante, en realidad.

El balance dejó, tan sólo, un pino roto -seguro que lo plantaron hace poco y que todavía no le habían tomado cariño-, tres vasos menos y una fuente convertida en un montón de vidrios. El calor duró hasta el día siguiente de nuestra llegada, hasta el dos, y después empezaron el frío y las lluvias.

Nosotros éramos cinco y luego ocho y por suerte la casa tenía un reproductor de DVD y algunas películas que vimos muchas pero muchas veces.

De la última de Scorsese, por ejemplo, recuerdo escenas completas y de Madagascar, que la veíamos tres o cuatro veces por día, se nos pegó, al Ponchi y a mí, esa canción tan linda, la que dice en el estribillo: “quiero mover el bote, quiero mover el bote, ¿te gusta?, mueve”. Cuando volvió el sol empezaron las horas de playa: la paleta, el tejo, el mar, el fútbol con amigos ocasionales, otra vez la paleta, castillos de arena, churros, berlinesas, mate y meterse con el Ponchi hasta que él no hiciera p ie y ag arrarlo de la mano para saltar las ol as más grandes.

Y después secarnos al sol. Además de él y de mi mamá, que fue por un fin de semana, estaban las hijas de mi mujer -las hermanas adolescentes del Ponchi-; la mayor con su novio y la menor con una amiga.

La mayor y su novio casi no salían de la casa.

Dormían hasta el mediodía, almorzaban -en la cama- y seguían así, tirados, mirando películas, hasta quién sabe qué hora.

La menor también se levantaba tarde y cuando su amiga se despertaba se iban, pero no a la playa, al cyber.

En general no volvíamos a verlas hasta la noche.

Mi mujer y yo caminamos mucho, conversamos, hicimos planes para el futuro.

A pesar de que hace más de once años que estamos juntos, nunca nos casamos.

Si llegamos a viejos vamos a casarnos, eso fue lo que resolvimos.

Cuando vivamos en la playa y alcancemos una edad importante, setenta años o algo así. El Ponchi estuvo cariñoso con todos, casi no dijo malas palabras y esta vez no lo pe rdimos en la playa, no fue necesario que los bañeros lo lleven a caballito con toda la gente aplaudiendo alrededor. Volvimos con las energías renovadas, sin un peso, con tres o cuatro kilos de más y la convicción de que este año sí, todo va a ser distinto, mejor, más lindo, y así será, seguramente.

Ariel Bermani