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Número 45

Complejo de Django

El consultorio se encontraba en la parta superior del saloon.

Las campanadas de la iglesia indicaron que eran las cinco.

Hugo apresuró su pequeña copa de agua-ardiente, dejó un par de monedas de plata sobre el mostrador y subió.

Se sacó el sombrero antes de entrar. -¿Cómo anda Hugo?-preguntó el terapeuta. -Bien, bastante bien.

Esta semana estuve pensando mucho el tema de Jackson y me parece que es hora de un cambio –se explayó. -¿Y que tipo de cambio piensa que podría darse?-repreguntó. -No sé, tal vez intentar hablar con él, hacerle entender que los mejicanos también somos seres humanos que tenemos derecho a vivir de la misma manera que ellos. -Aha –balbuceó el profesional.

Hugo se quedó pensando, en silencio.

Un gesto que parecía indicar algo de miedo, sorpresa y curiosidad lo invadió. -¿Qué le pasó Hugo? ¿De qué se acordó? -Es ese hombre que llegó hace unos días al pueblo.

El que lleva un cajón de muerto a todos lados. -¿Django? ¿Qué pasa con Django?-preguntó y comenzó a tomar notas en su cuaderno. -Es que…no sé.

Por un lado siento que puede ser un amigo que me ayude a pelear con Jackson.

Pero por otro lado, no lo conozco.

No sé si confiar o no. -Confiar.

¿Otra vez la duda sobre confiar o no? -Bueno, si.

Después del tema de María y todo eso usted sabe que me cuesta confiar en la gente-se defendió Hugo. -¿Y a usted Django le recuerda a Maria? -No, no.

Para nada.

María es mucho mas linda, una mujer hecha y derecha- contestó engrosando la voz. -Más linda.

Eso quiere decir que algo de belleza usted encuentra en Django. -Bueno, es una persona apuesta, debo reconocerlo.

Tiene ojos claros, un cuerpo más o menos trabajado.

Yo sé reconocer la belleza masculina, aunque me gusten las mujeres.

–el mejicano comenzaba a ponerse nervioso. -Sin embargo, desde que usted llegó al pueblo no se lo ve con mujeres, sino con el resto de los forajidos que trabajan para usted...que son todos hombres. -Somos pistoleros, debemos estar juntos y cuidarnos para que Jackson no nos tome desprevenidos.-explicó. -Que no los “tome”…¿Cómo cuando un hombre “toma” a una mujer a la fuerza y la viola? -No, no.

Quise decir que Jackson puede atacarnos y matarnos por ese racismo que lo mueve.-se apresuró a explicar, visiblemente nervioso. -Lo que me llama la atención es que usted y sus amigos se llamen “pistoleros”.

Porque si bien usan armas para sus atracos, no es que las usen todo el tiempo.

¿No le parece?-le preguntó. -Bueno, sí.

Es como suelen llamarnos.

Yo no lo inventé.

¿No va a creer que con mis compañeros nos andamos…bueno, usted ya sabe -transpiraba Hugo. -No, yo no sé nada.

El que está ahí es usted.

Y veo que se pone nervioso cuando hablamos de estas cosas. -No, bueno, no me pongo nervioso.

Es que me preocupa lo de Django, pero desde el punto de vista laboral –aclaró Hugo -Ok.

Una última cosa, porque estamos terminando la sesión.

¿Qué cree usted que tiene Django en el cajón? Porque un muerto no es, ya que no hay olor- interrogó el terapeuta. -Piedras -contestó seco Hugo.

Se paró, se puso el sombrero, saludó y abandonó el consultorio.

Mientras bajaba las escaleras pensaba “si le llegaba a decir que para mi Django tiene una ametralladora en el cajón, este turro me iba a tildar de puto.

Mariano Quintero