ODRADEK.COM.AR

DOMICILIO DESCONOCIDO

Buscar: Ingreso de usuarios registrados en RespodoTodo
 

Número 45

Paisajes Camperos

A don Antonio Sandoval lo mandamos nosotros a El Rodeo, una estancia vecina.

Estaban juntando la hacienda para bañar y se decía que por el alambre del valle había cruzado una punta de ovejas nuestra.

Si salían en el rejunte, don Antonio tenía que traerlas de vuelta. La primera noche que pasó en El Rodeo tuvieron visitas.

Unos gringos altos y rubios, de piel bien blanca que andaban en una chata de ruedas grandes, de esas que ni se siente el motor.

Eran dos hombres y una mujer.

Alemanes o rusos, no entendió bien don Antonio.

Quisieron comer con la gente y llevaron una bebida fuerte: 3 o 4 botellas para los nueve que estaban ahí.

Sacaron fotos. Don Antonio dice que terminaron achispados pero que él no tomó.

No se halla tomando si no está en el boliche, dijo, en el “uelcome”, aclaró.

Al otro día los gringos no estaban y a la tardecita de nuevo llegó gente.

Esta vez eran unos petisitos de la altura de los cuzcos que tienen ahí en El Rodeo.

Las cabezas como melones y la piel bien tirante.

Reservados eran, no dijeron una palabra en toda la noche. Azpilcueta, el encargado, como para sacar conversación le preguntó a uno de los petisos que se atragantaba con un costillar de capón si estaba bueno.

Le dijo así: -¿Bueno? Y el otro lo miró y movió la cabeza para abajo.

O fue un sí o hizo el movimiento para ayudarse a bajar el bocado, imposible saber.

Cuando se acabó el asado se limpiaron la boca como todo el mundo con las mangas de las camisas (las de ellos eran plateadas). Dice don Antonio que él terminó de mondarse con el cuchillo, se restregó las manos en los lienzos, saludó con la cabeza y se fue para su catre a escuchar la radio.

Justo después del informativo vio el resplandor naranja bien intenso.

A los petisitos no los volvió a ver, y animales no trajo.

Roberto Gárriz